Ese Chofer Hijo De Ruta

Ese Chofer Hijo De Ruta

Parece que uno debe atravesar todo Lima para chocarse con la inverosímil imagen de un chofer de combi pescando en el mar como el más sereno de los mortales. Viaje en un recorrido de emociones intensas, criaturas alucinadas y mucho smog de la mano de un conductor modelo. (Manuel Acevedo Isasi)

La ciudad está en tinieblas y bajo el puente Primavera los choferes ya se preparan para dar inicio a su ruta: Surco a Ancón, tres horas y media de oscilante peruanidad por el costo de 2 soles y medio. Antes del arranque, los conductores gastan su tiempo en actividades tan diversas como la gente que Javier Méndez verá reflejada a través de su espejo retrovisor: Unos toman un café y otros comen pan con aceituna. Algunos hojean los titulares de un vendedor de periódicos y otros, formando un círculo, conversan amenamente. Los más afanosos ponen música alta para distraerse mientras barren un poco el piso de la combi. Se ven demasiado mansos para la fama que se han ganado. Los choferes, aunque usted no lo crea, sienten afecto por su vehículo. Lo quieren, digamos, de la misma forma en que se cela a una mujer de la que se sospecha que cualquier día se puede ir con otro: “Hay muchos que están detrás de mi sitio”, asegura Javier con el pie en el acelerador.

Javier Méndez ve la ciudad a través de un vidrio que se empaña por efecto de la garúa. Su horizonte es también frío y nebuloso: una bruma borrosa de la que no hay retorno. Siete años al volante han agotado su capacidad de sorprenderse, e hicieron de sus recuerdos una larga repetición de asfalto y smog. El limpiaparabrisas hace su trabajo y la avenida Primavera vuelve a tornarse nítida: ahora Méndez mueve el timón a la derecha para dejar subir a un estudiante de medicina –lo intuyo por su mandil blanco– que esperaba en un sardinel lleno de pasto (todo Monterrico está lleno de pasto) que funge de paradero. Escenas como ésta lo hacen a uno ponerse sociológico: el paradero que no existe, las reglas que no se cumplen, y otras digresiones que provocan un largo bostezo. Basta decir que todo el esplendor que caracteriza a esta parte de la ciudad, llena de árboles y pájaros, es pisoteado de golpe por todos aquellos seres educados que intentan a la carrera subirse a este vehículo.

La combi se detiene en la esquina de Primavera con Velasco Astete en Chacarilla (a esta hora de la mañana los semáforos se respetan: un policía flaco y soñoliento se encarga de ello). Otro vaivén del limpiaparabrisas hace a aparecer a los actores de reparto de esta escenografía: vendedores ambulantes, malabaristas que entretienen por un sencillo, niños que piden plata y pseudo ciegos que seleccionan cuidadosamente a aquellos conductores que tienen cara de buena gente. Pienso que este cruce –lleno de Subarus Impreza, Mitsubishis Montero, Audis A4 y Volvos S40– debe ser uno de los más cotizados para aquellos vendedores que se dedican a sacarle el jugo a la luz roja. Existe división laboral incluso entre quienes no tienen nada. Sube una chica de unos 20 años, delgada y alta, (muy alta para el cobrador que la mira como si hubiese subido una de esas modelos de los catálogos de Saga). Viste un sastre negro recién planchado –se va a trabajar, pienso– mientras su pelo de rulos aún gotea sobre sus hombros. El cobrador sigue mirándola cada vez que puede pero ella ni se inmuta. En un momento ella lo sorprende mirándola y hace una mueca de asco mientras mete la mano a su cartera. Saca un sol y con un tono despectivo dice “¿cóbrate, quieres?”, estrellando al pobre cobrador de vuelta a su realidad. Por vergüenza –supongo– el chico saca la cabeza por la ventana y decide no meterla por los menos unas cuadras más allá.

Afuera del Hospital de Enfermedades Neoplásicas, se puede ver gente sin pelo que espera su destino: el horizonte nebuloso. Por encima del parabrisas, Javier Méndez ve pasar las fugaces estructuras del tren eléctrico a manera de monumento de un futuro que nunca fue. Hace 16 años un alcalde con fama de tonto prometió su construcción con bombos y platillos. Ahora el alcalde –que no era tan tonto– es congresista y secretario general del partido político más importante del país. El chofer parece burlarse en silencio: Nunca lo terminarán. Las combis dominan la ciudad y Javier Méndez mueve la palanca de cambios con la confianza de un statu quo de larga vida. Para darnos una idea del imperio de las combis, en Buenos Aires, ciudad de 11 millones de habitantes, circulan cerca de ocho mil unidades de transporte público. En Lima, donde sólo hay ocho millones, circulan aproximadamente 85 mil, según datos del año 2000 de la Dirección de Transporte Urbano de la Municipalidad de Lima. Es como un cáncer que de a pocos ha bloqueado las arterias de la ciudad. Acelera. El hospital y las estructuras del casi-tren se hacen pequeños en el espejo.

Pasar de Surco a Surquillo es como ver una película en colores que de pronto se vuelve blanco y negro. Sepia. Los pobres tienen color sepia. Hace poco un alcalde quiso sembrar plantas en la Avenida Angamos. Colocó un panel publicitario que mostraba –aparte de su rostro sonriente– cómo se verían sus plantas en la avenida. Se veían lindas. Las sembró. Pero cuando uno pasa en combi por aquí sabe que hay lugares en los que es imposible enfrentarse a las circunstancias botánicas de un lugar que la imaginación popular ha bautizado como Chicago Chico. Las plantas crecieron marrones. Poco después se marchitaron, y ahora los macetones sirven de cubil para el recreo feliz de pirañitas que nunca aprenderán en la escuela qué demonios es la clorofila.

Por supuesto, la anterior apreciación es arbitraria. En Surquillo sí hay color. El tramo de la Angamos que va de Tomás Marsano a República de Panamá está atiborrado de color, las luces de neón de las pollerías se confunden con los colores de las ferreterías que golpean la vista en su intento desesperado por recibir aunque sea un cliente. Surquillo parece un distrito rebelde que está enquistado entre dos de los más pudientes de una ciudad que parece no querer abandonar los recursos tradicionales de transporte masivo y que se resiste a modernizarse y ponerse a la par con otras grandes metrópolis del mundo. La combi sigue su camino y veo, frente al edificio de Sedapal, a un hombre que marcha ida y vuelta por el frontis de su hogar. Se detiene con ese zapateo que los militares perfeccionan para decir que son más importantes que uno y hace el típico saludo al estilo del tercer Reich. Lo llaman el Führer de Surquillo: un loco admirador ferviente de Adolph Hitler, y que pregona su doctrina del mejoramiento de la raza mientras saluda complaciente a la fauna multicolor que converge en nuestro vehículo. En menos de tres minutos la combi se ha llenado. Ya no hay sitio. Observo el tamaño y la forma de los asientos y pienso exactamente lo mismo que alguna vez dijo el colombiano Gabriel García Márquez acerca del inodoro: quien los diseñó no sabía nada de hombres. Y al mirar un poco el caos del transporte en Lima me doy cuenta de que el que diseñó las calles no sabía nada de urbanismo.

La combi debe ser el único medio de transporte del mundo que ha dado su nombre a toda una cultura: la del desorden, la del caos. De la gente que sube y baja apurada, que se abre paso raudamente. A medida que la ciudad va quedando atrás, voy sumando las constantes cerradas que una combi le hace a la otra, y ésta a otra más. Cuando a Méndez lo cierran, casi ni parpadea. Deportivamente, gira el timón a la izquierda y entra sin mirar al tercer carril. Deja atrás unos cuántos bocinazos, avanza unos metros, y se cruza hasta la berma derecha en perfecta diagonal para recoger a una señora gorda que intenta subir con dos bolsas de yute llenas de verduras. El cobrador la ayuda mientras los demás autos increpan a bocinazo limpio la demora del chofer. Éste atisba por el espejo lateral con expresión de soberbia mientras estira con lentitud el brazo derecho hasta alcanzar la perilla del volumen torciéndolo con fuerza hasta su límite. Ahora parece reírse de los demás mientras canta a voz en cuello una salsa de Antonio Cartagena: “Sin ti, no hay nada si no estás tú”. Pisa el acelerador y arranca dejando una estela de humo negro en el improvisado paradero a media calle. Mientras canta victorioso, voltea y me comenta que el secreto para no estresarse es tener un buen equipo de sonido, y echa a reír. Javier sí que sabe abrirse paso.

El centro de Lima nos ha sorprendido mientras esquivamos baches y tragamos el humo denso que emanan los micros. Las casonas han perdido su atractivo y hoy se caen a pedazos, aunque más bien parece que estuvieran muriendo de asfixia. Las pistas están agrietadas de tanto soportar el excesivo número de unidades que circulan por ahí. Es difícil contar los huecos de la ciudad si uno trata de mirarlo. Es más fácil sentirlos. La combi da un salto inesperado y cuando caes, las tripas por un segundo se suspenden y vuelven a estrellarse contra la estrechez del asiento. Cuando termina Alfonso Ugarte ya he contado –o he sentido– 153 huecos. Suben dos con cara de sospechosos y se sientan al fondo. Sólo uno llama mi atención: flaco, encorvado, de unos 16 años. Es moreno pero tiene el pelo lacio, usa corte honguito y tiene dos mechones pintados de rojo oscuro. Viste un pantalón naranja y una camisa negra. Ambos están concentrados mirando hacia abajo con la cabeza escondida detrás del asiento trasero. Afuera, por la entrada de la Panamericana Norte, la ciudad se empieza a terminar. Las pocas casas que quedan dan la impresión de estar a medio construir. Primero ladrillo, luego madera y finalmente, esteras. Viéndolas desde la ventana, es como si las dunas del desierto que envuelve a Lima, las fuese devorando de a pocos hasta no dejar una sola en pie.

En el desierto de la carretera Panamericana, se yergue Puente Piedra: una ciudadela que le ha ido ganando territorio a las dunas que la rodean y que está dominada enteramente por casas de ladrillo. En el mercado sube un vendedor de caramelos de unos 45 años. Gordo y desaliñado. Tiene el pantalón de terno viejo y sucio, zapatos que piden descanso, medias agujereadas y una camisa que alguna vez fue blanca. Se tambalea incesantemente buscando equilibrio. La combi está parada, así que empiezo a intuir que las razones de su tambaleo tienen más que ver con su boca extremadamente seca y los ojos incendiados. Como si estuviera bajo el efecto de alguna sobredosis. Pide un momento de atención, señores pasajeros, para contar el drama de su vida (a veces pienso que todos estudian del mismo guión). Se queja de su existencia y pide que lo ayuden. Todo andaría conforme al guión, pero en un momento el hombre rompe a llorar desconsoladamente y en un segundo ofrece amenazante sus caramelos. Nadie le hace caso (supongo que, si no fuera porque tengo que escribir esta crónica, yo tampoco le haría caso) y el hombre enfurecido le arroja los caramelos a los pasajeros y los increpa a que le deben pagar por los dulces que ya tienen en su mano. Javier levanta la vista y estudia a su posible rival. Sé que todos los choferes de combi guardan debajo de su asiento un fierro a modo de arma, y comienzo a ponerme nervioso. Por fortuna el hombre comprende que nadie quiere saber de él y se baja arengando. Por el espejo retrovisor lo veo perderse por ese desierto de dunas que es Zapallal.

Al cruzar el arco que dice “Bienvenidos a Santa Rosa”, el estrés desaparece como por encanto. Ya no hay bulla ni presión, la velocidad es reemplazada por la inconfundible calma que se respira en un pueblo. Y los carros de la ciudad son ahora mototaxis. Casi logro saborear el agridulce aire de la Caleta de Ancón. En Ancón el tiempo se detiene al igual que nuestro viaje. La última curva es la entrada al terminal. Javier cuadra la combi detrás de otras más. Al bajarse, se estira largamente denotando satisfacción. Al revisar su vehículo por última vez, encuentra en la parte trasera lo que los dos muchachos con actitud sospechosa habían escondido: una cartera. La toma y la tira a la basura como quien bota una cáscara de plátano. Le pregunto por qué lo hace y me contesta que meses atrás también había encontrado una cartera. Javier, un tipo honrado –o al menos eso parece–, dice que decidió llevarla a la comisaría, pero que los policías le vieron cara de ladrón y lo interrogaron por más de seis horas. “Por eso ahora ya no me meto”, dice, y mira por última vez el tacho. Lejos de su combi y de la bulla de la ciudad ahora camina hasta su casa donde lo esperan su mujer y sus hijas con la comida caliente. Tras siete años de una rutina agobiante él confiesa que sólo puede olvidarse del mundo y del bullicio de la ciudad cuando se sienta al final del muelle y lanza el cordel al mar. Sólo así se queda pegado mirando el vaivén de las olas mientras pone la mente en blanco y deja que sus problemas se deslicen desde sus dedos, avancen por el cordel y se pierdan en la inmensidad del mar para que nunca lo vuelvan a encontrar.


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