Hotel o “Telo”, la misma vaina de Lima

(Autor: José Luis Castillejos Ambrocio)

Lima.- La estridente risa de Mónica, la sensualona muchacha de San Miguel, un distrito costero de Lima, retumba en potente eco en el bar-pub “Rústica” de Miraflores cuando pregunta a sus amigos: ¿Cuál es el mejor “Telo” (Hotel) de Lima?. Su pregunta no obtiene una respuesta inmediata.

Clavada la mirada hacia el parque John F. Kennedy, en pleno corazón de Miraflores, desde una mesita a un costado de la calle de Las Pizzas, Juan Martín (Paul Marthans, le gusta que le digan así por su parecido a ese artista), recorre el escenario y volviendo la vista al centro de la mesa y sonríe a la treintañera morocha y, en un hábil giro visual, da sus explicaciones de Don Juan o “Perdonavidas”, conocedor de hoteles y de los menesteres de hacer tronar la cama.

– Los hay “fichos” (caros) o “misios” (pobres), explica. En los primeros tienes jacuzzi, servi-bar, estacionamiento, televisión con pantalla plana e incluso Internet por si te da la gana de chatear en ese momento; pero los hay también esos pobres hotelitos u hostales del centro de Lima que por apenas 10 lucas (diez soles) entras con tu pareja, te dan un vaso de chicha morada (bebida hecha a base de maíz y limonada) y tu papel higiénico es de colores, de esos papeles reciclados.

Pero el más barato de todos, acota, Paul Marthans (lo pronuncian Martin) es ir a la Costa Verde donde unos jaladores (guardianes) de la municipalidad te llaman con sus poderosas linternas y a la orilla del mar, entre la brisa y el susurro marino puedes hace el amor.

Lo jodido allí es que llega la policía y es posible que te “ampaye” (atrape) como al Padre Martín, el Cura de la Casa Hogar de Cristo, que fue “agarrado” (por los gendarmes) cuando conversaba amigablemente con su secretario particular.

Todo el problemón que se le armó al padrecito, con televisión incluida, páginas de periódicos y explicaciones confusas. Juraba y perjuraba que sólo tomaba el aire fresco luego que su carro, una 4×4, se “calentara”, lo que motivó al cómico Carlos Álvarez a parodiarlo y decir que, efectivamente, se “calentó” la culata del carro y había qué “cepillarlo” (a la culata obviamente, no al padrecito).

Ese no es la única historia. A otro patita (amigo) se le ocurrió irse a echar unas chelas en su volkswagen rojo y se pasó de vueltas y de tragos junto con una amiguita ocasional. Llegó a su casa, como a las cuatro de la mañana, oliendo a mar, adrenalina, y con el saco manchadito de chelas, pintura de labios y cuanta babosada se le atravesó.

Su mujercita, puritana ella, roncaba. No se dio cuenta del “rochezaso” (metida de pata) del treinta-añero y, el sábado, a primera hora, la ama de casa quería ir a la playa, ya que era promesa del “descarriado” marido de llevarla junto con sus hijos a San Bartolo, un balneario del sur limeño. El pérfido marido, el “vacilador”, el “pendejo” (vivo en términos peruanos) estaba con la cabeza adolorida, una resaca de los vil demonios y el cargo de conciencia sobre cómo llegó a su casa y si su mujer se habia dado cuenta del desmadre que había armado en la noche anterior. Se revisó la trusa, el pantalón, sus llaves, sus cosas y todo estaba bien, solo unos cuantos billetes menos en la bendita cartera.

Ni tardo ni perezoso se reconfortó y bajo la ducha intentó recordar qué había pasado con aquella ricura que había levantado la noche anterior en el “Café Haití”, cerca al óvalo de Miraflores, a un costadito del Cine Pacífico tras lo cual compraron sus chelas en un grifo (gasolinera) de la empresa Shell.

“Me pasé de vueltas, puta, creo que la cagué”, rezaba en solitario mientras el agua tibia recorría su cuerpo.

Alistó cosas, maletas y todo para irse a San Bartolo, una playa en el sur de Lima. Y el “patita” (amigo) como no tenia la conciencia limpia intentaba recordar qué había hecho, revisó nuevamente sus papeles y todo estaba en regla y se revisó el cuello en el espejo retrovisor para detectar si no tenía un moretón, producto de un “chupetón” o “succionada”. Y, Nada!.

Echó andar su “volocho” que raudo cruzaba cual centella roja rumbo al Pacífico peruano cuando, de reojo, ve una zapato femenino, que según él no era de su mujer, y en un descuido de esta lo toma con la mano y lo lanza a la carretera. La sorpresa vendría después cuando la mujer le dice: “Amooorr, has visto mi zapato?”. El baboso treintañero no sabía que su mujer había comprado un par de zapatos nuevos en la carpa de Ripley, la tienda de los chilenos que está por todas partes.

Después al contarme esa historia, ese patita se descocía de risa.
-Qué “pendejo” eres, le dije.

Esa corta historia sirvió a Mónica, la chica de San Miguel, para preguntar. Ya pues, dínganme cual es el mejor Telo??

-Carajos cómo jodes, le responde Mariel, una charapa (originaria de la amazónica ciudad peruana Iquitos). Pareciera que quieres ir hacer travesuras. Tranquila nomás, chapa (agarra) tu micro y vete al primer lugarcito que encuentres para hacer tu “perrada”.

Lo que Mónica y Mariel seguramente saben, ignoran o se hacen las occisas, es que hay, obviamente, de telos a telos. Los hay aquellos en los que entras con el auto hacia el sótano, donde te espera un guachiman (vigilante) y te da la llave, previo pago de 30 dólares o aquellos donde tu carro lo “guardan” (esconden) con una lona, es decir lo tapan de los ojos indiscretos que pasan por la avenida.

Otros más te ofrecen dos inka kolas (la bebida del Perú) heladas y un par de “jebes” (preservativos). Otros más te ofrecen incluso la pastilla “Postinort”, la del día siguiente, por si quieres hacerlo con tu pareja sin temor a embarazarla.

En todas partes, sin embargo, se esconde la jodida sonrisita del “cuartelero (a)” (administrador) que, agachada la mirada, te pide: su documento joven. Carajo!, no sabe esta vieja que ya ni credencial tengo porque no he renovado la de tres cuerpos y que ya tengo 65 años. Se burla o qué esta puta vieja?, refunfulla un amigo y viejo “rabo-verde”.

También se esconden en los sórdidos pasillos del Telo, las empleadas o empleados de limpieza que a hora inoportuna llegan a tocarte para preguntar. “Se le ofrece algo joven?”.

-Siii!, No jodan. Mientras el respaldar de la cama suena y suena al ritmo del chuculun.

Existen en otros hoteles donde se escuchan “ayes” de dolor o de placer o gemidos intensos, lo que te hace sospechar que es una “chica de la mala vida” que está muy buena y hace sufrir a un cristiano mientras gime y gime, desquitando el pago anticipado.

Y lo peor viene después, cuando vas de salida, el fregado guachimán nuevamente está parado, esperando a que le des su propina, mientras te da paso y detiene otros autos autos para que salgas raudamente de ese hotel que huele a jabón barato.

En esa noche de chelas y olor a mar, Monica recibió un curso rápido de los hoteles que hay en Lima. Se queda pensando y dice: Ya veo, todo es de acuerdo al bolsillo; si hay dinero un buen “Telo” y si no, el destino es la Costa Verde.

Lo que no sabe es que tiene que extremar sus medidas de seguridad para que la policía no la agarren con las manos en la masa como al padrecito Maritín.

joseluiscastillejos@gmail.com

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