Conviviendo con la muerte

“Yo estaba detrás de un muro, a sus espaldas, asomé la cabeza y de puro susto le metí los seis tiros del tambor. El hombre quedó frito de una. Eso fue duro, pa’que le miento, fue muy duro. Estuve quince días que no podía comer porque veía el muerto hasta en la sopa pero después fue fácil. Uno aprende a matar sin que eso le moleste el sueño”.

Toño. Sicario

Lo primero que a uno le llama la atención cuando el autobús en el que viaja se acerca a Medellín, son esas laderas de suburbios que cubren hasta el último centímetro de los montes que rodean la ciudad. Son las comunidades norientales de la ciudad más violenta del mundo. Esos barrios han nutrido durante años los ejércitos de sicarios -niños asesinos a sueldo- del tristemente popular cartel de Medellín. El 2 de diciembre (de 1993) que caería abatido por la policía el más conocido jefe de este cartel, Pablo Escobar Gaviria. Con él toda una generación de jóvenes, apenas niños, de los barrios de invasión de Medellín se convertieron en asesinos a sueldo. Perfectamente armados, subidos por parejas en rápidas motocicletas, con un sistema policial y judicial abonado a la corrupción y con un cartel de narcotraficantes dispuesto a pagar bien, Medellín entraría irremediablemente en la historia como la ciudad más violenta del mundo. “Durante el periodo de 1988 a 1994 todos los días había balasera”, comenta César Giraldo, el joven párroco de la iglesia de San José, en el barrio de Aranjuez, dentro la comunidad noriental de Santa Cruz. “Llega un momento en que los “pelaos” (1) matan por matar, el sicariato surge ante la injusticia social pero también bajo la cultura del consumismo. Esos jóvenes lo quieren tener todo fácilmente. Fueron consiguiendo buenas motocicletas y con ellas, ostentación y mujeres lindas”. La cultura del asesinato a sueldo en Medellín es, sin ninguna duda, el resultado de tres circunstancias que confluyeron al final de la década de los ochenta: una juventud frustrada y con poco poder adquisitivo, una cultura del consumismo y la ostentación vigente en el modo de vida occidental, y la demanda de unos carteles de la droga, que necesitan eliminar a todas las personas que se interpongan en su carrera hacia el control del mercado de la cocaína y que están dispuestos a pagar bien por los servicios de los sicarios. Si a ello le añadimos la disponibilidad de armamento sofisticado y la corrupción del aparato policial y judicial en Medellín se crearía una “cultura” sin precedentes. Todavía hoy no hay noche en Medellín que no se escuchen disparos. El fin de semana en que se recogieron estos testimonios 52 personas perdieron la vida por arma de fuego en esta ciudad de 1.200.000 habitantes, el tamaño de la ciudad de Valencia.Irma es una mujer que ha vivido de cerca las organizaciones de sicarios y su modo de funcionar, su hermano William fue un líder de una banda de sicarios que murió en abril tiroteado por sus propios lugartenientes cuando iba a firmar la paz con una banda rival.

Desde hace veinte años vive en un barrio de invasión de la comunidad nororiental de Medellín. “William y sus amigos trabajaban en la talla de la madera, no ganaban mucho. Ya en mi familia faltaba mi papá que nos había dejado, después, discutimos con mi mamá y nos fuimos a vivir los hermanos juntos. En todo ésto le involucró un señor del trabajo al que le debía una deuda, allá por 1981. Él le dejó el arma y le propuso matar al deudor. Yo no me enteré, pero un día reconocieron que tenían pistolas y que les buscaban, por lo que nos tuvimos que ir. Al final yo acabé siendo testigo de cómo arreglaban las cosas y planificaban sus actos”. Irma nos cuenta cómo se cerraban los tratos: “Un día un hombre vino a decir que un señor había violado a su niña, le pagó a mi hermano y, sin más, William fué hacia el tipo y le disparó, lo mató y siguió como si nada. No le afectaba en absoluto”. La hermana de William nos sigue explicando los métodos del grupo de su hermano: “Los contratistas nos daban una foto y nos cancelaban (pagaban) primero. Si alguno de ellos no pagaba, lo mataban también. Incluso iban al velatorio para comprobar que había muerto el adecuado. Yo estaba siempre informada de sus actuaciones porque les tenía que lavar la ropa manchada de sangre”.

Cuando William hizo su primer “trabajo” contaba con trece años. Su vida de sicario fue una de las más largas, duró hasta los veintiocho años. La mayoría suelen ser abatidos a los pocos años por una banda enemiga, otro sicario o la policía. El rito de iniciación no puede ser más escalofriante, “en una ocasión -relata el sacerdote César Giraldo-, dos amigos solicitaron integrarse a una banda de sicarios, le obligaron a uno de ellos a matar al otro para poder ser aceptado”. “En otras ocasiones -continúa Giraldo- les piden, por ejemplo, que maten al primer hombre que pase con una camiseta amarilla”.

A la violencia de las bandas de sicarios hay que añadir las milicias de los grupos guerrilleros de las FARC y el ELN. Para enfrentarse a ellas el gobierno de Antioquia -departamento al que pertenece Medellín-, con el apoyo de la Iglesia Católica, creo milicias de autodefensa denominadas Cooperativas de Seguridad. A quienes se incorporaron, unos doscientos, se les pagaron 152.000 pesos mensuales (unas veinte mil pesetas) y les proporcionaron armas. Con esta decisión se ha generado más violencia. “La Iglesia y el gobierno hicieron el papel del idiota útil ya que los milicianos consiguieron dinero y armas al pasar a ser reconocidos como reinsertados”, señala César Giraldo. La idea de las Cooperativas de Seguridad procede del ex ministro de Defensa Fernando Botero, hijo del conocido escultor, ahora en prisión por haber financiado su campaña electoral con dinero del cartel de Cali.

Hoy, en Medellín, la juventud de las clases populares se enfrenta a una guerra a cuatro bandas: grupos de sicarios, milicias legales financiadas por el gobierno, las milicias que se integran en las guerrillas y las operaciones de limpieza social secundadas por paramilitares y patrocinadas por comerciantes y sectores próximos a las fuerzas del orden. Para Giraldo, la política de la lucha gubernamental contra la violencia ha empeorado la situación: “para los sicarios el narcotráfico era su fuente de empleo, pero también lo era para otras gentes honestas. Paradójicamente el narcotráfico trajo la violencia, pero la actuación contra él la ha aumentado”. En algunos barrios, como el de Giraldo, los enfrentamientos entre sicarios y milicias de autodefensa llegaron a dividirlo en dos. Algunas personas fueron asesinadas por tomar el autobús en la parte del barrio a la que no pertenecían o saludar a miembros de la banda rival a la que domina su zona. “Si un sicario saluda a un miliciano pasaba a estar caliente, que significa estar en peligro de muerte por traidor”, señala el sacerdote. Según Juan Cifuentes, un hombre de cincuenta años que vino a este barrio en los años 50, “hace unos años era peor, había horas en que no se veía gente por la calle porque era inminente el tiroteo. Podía ser a cualquier hora, yo fui herido de una bala perdida dirigida indiscriminadamente contra un autobús público”. “Aquí el 60 % de las personas va armada -afirma Juan-, a mí no me conviene, por seguridad, intimar con ningún joven que pertenezca a una de las bandas porque la contraria creerá que colaboro con ellos. La gente nunca denuncia ni habla de nada. Si se habla se es víctima de su propia lengua”.

El hermano de Irma era el líder de una de las bandas, la iniciativa de algunos líderes de la comunidad logró que se iniciaran negociaciones entre las dos bandas. Un día antes de la firma de la paz, William era asesinado por sus lugartenientes. Mientras el sacerdote nos cuenta estas hechos en una sala de su parroquia, se está celebrando la misa de cuerpo presente de un joven de 18 años por entrar en la zona enemiga. “William no fue la única víctima de un proceso de paz que se intentó abortar a toda costa -señala el párroco-. El 3 de julio, murió otro líder que había entendido la necesidad de acabar con tanta muerte, Carlos Mario. “Fue ametrallado, junto con otras cuatro personas, a plena luz del día desde un carro (automóvil)”, afirma Giraldo. A tan sólo veinte minutos del centro de Medellín y con una flamante estación de metro (Tricentenario), en este barrio no puede entrar un desconocido y menos preguntar con cara de despistado por una calle. La compañía de una vecino conocido es imprescindible para deambular por Santa Cruz. Durante 1995, el 70 % de las muertes del barrio de Santa Cruz fueron de causa violenta.

Irma relata con crudeza la degradación que sufren los jóvenes que se convierten en sicarios: “Llegó un momento en que no les importaba nada matar, incluso yo creo que veían placer en la muerte, la degradación del grupo de mi hermano les llevó a matar a mendigos e indigentes que dormían en la calle para divertirse. Los encargos eran de todo tipo: venganzas familiares, motivos políticos, deudores que no pagaban o acreedores que con su muerte se terminaba la deuda. En alguna ocasión los liberales les llegaron a pagar por matar a algún político conservador. Los mismos políticos les daban las armas, transporte y, con sus abogados, les sacaban de la cárcel. En total yo creo que mi hermano participaría en el asesinato de más de cien personas. Yo les veía cerrar los tratos. A una cuadra (manzana) de aquí tenían una casa que le llamaban la oficina, allí se ultimaban los contratos. Ellos solían darles una tarjeta y les decían: llamadme a la oficina. Para llevar sus negocios, ocuparon una casa próxima a la nuestra que estaba vacía. Un día apareció la dueña, una señora de 57 años, y la mataron. Su hija, que no sabía que estaban ellos dentro, mandó a unos obreros a reformar la casa y los mataron a todos”.

La degradación que supone que sectores tan amplios de los jóvenes de un barrio se dediquen al asesinato no se justifica por razones estrictas de pobreza. Si bien el nivel de vida es bajo, no se aprecia la absoluta miseria en muchas de las viviendas. “Yo creo que mi hermano y sus amigos no se metieron en eso por la situación económica, quizás al principio sí, pero después no”, señala Irma. Sin ninguna duda el origen de los habitantes de las comunas de Medellín les condiciona. La mayoría proceden de zonas rurales que han venido a la ciudad huyendo de la violencia de las regiones de Urabá, Bajo Cauca y Magdalena Medio, donde se enfrentan guerrilleros, ejército, narcotraficantes y paramilitares de derecha. No existe un nexo social, cultural y menos aún familiar entre estos desplazados que les cohesione, ni les ayude a promover iniciativas de mejora colectiva fácilmente. Por otro lado, un análisis de los valores dominantes en estos jóvenes ayuda a explicar su vida suicida. La violencia de la “cultura” audiovisual de Estados Unidos contrasta con la de los colombianos, dominada, como se aprecia en las letras de su música, por la pasión amorosa, el amor a la madre y la religiosidad. Los jóvenes de Medellín están fascinados por las armas y la violencia de las películas norteamericanas: “Con las películas también aprendemos mucho. Nosotros vemos cintas de pistoleros, Chuck Norris, Cobra Negra, Comando, Stallone, y miramos cómo coger las armas, cómo hacer coberturas, cómo retirarse. Todo eso lo comentamos nosotros cuando vemos las películas” (2). También sorprende cómo la presencia de una gran religiosidad en la población, incluidos estos jóvenes, no sirve para mitigar la violencia ni generar la habitual moral de remordimiento católico. “Iban todos los martes a María Auxiliadora (Iglesia) y le hacían peticiones como virgencita que con sólo una bala tenga para matar a este tío”, relata Irma. El estudioso del fenómeno de los sicarios en Medellín, Alonso Salazar, lo explica así: “A matar con el pretendido perdón de Dios se ha aprendido en la larga historia de violencia en nuestro país. Y ello lo enseñó la propia Iglesia. El buen comerciante le pide a la Virgen que le salga bien el negocio en el que va a engañar a un vecino. Y en el barrio se reza para que la puñalada y el tiro sea efectivo. Es la cultura de la camándula y el machete, que aparece ahora como la del escapulario y la mini-uzi” (2). Pacho, miembro de una banda de la comuna nororiental lo relata del siguiente modo: “Hay gente que ha hecho cosas peores, yo creo que Dios perdona, entonces uno puede hacer cualquier cosa”. Ya lo dice el estribillo de una popular canción de salsa escuchada en estos barrios: “Mata, que Dios perdona”.

La necesidad de mantener y adquirir un status les introduce en una espiral sin fin. “El sicario es un símbolo de masculinidad. Para las niñas, ser novia de un sicario es un orgullo”, señala Giraldo. En todo momento el papel de las mujeres es radicalmente diferente al de los hombres. Aunque ellas se sientan fascinadas por la figura del sicario, su participación en las “actuaciones” nunca es fundamental. “A las mujeres se les denomina carritos porque son las que llevan las armas puesto que no levantan sospechas”, afirma Irma. Ellas sufren los abusos de los poderosos mediante violaciones o vejaciones sin que nunca lleguen a protagonizar la venganza, quizás por el machismo dominante, que ni esa competencia les permite, o porque en ellas no ha hecho mella del mismo modo la cultura de la violencia que domina en los hombres. Irma es el vivo ejemplo de una mujer que, a pesar de convivir con la muerte durante tantos años, apuesta por la vida: “Los mismos amigos que mataron a mi hermano, vinieron ese día a desayunar y almorzar a esta casa, ellos mismos llamaron para decirme que había muerto y me dieron el pésame el día del entierro. No les guardo rencor, sólo quiero que acabe ésto. Tras su muerte empezó una nueva guerra, un amigo de William mató a uno de ellos y todavía morirían cinco más en aquellos enfrentamientos. No me interesa seguir con la venganza ni con denuncias. Aún así me llegaron a amenazar. Un amigo de William ya les dijo a quienes le mataron que yo no deseaba la venganza y no iba a iniciar la violencia”. Irma no quiere volver a los tiempos de la violencia protagonizada por su hermano por nada del mundo: “Yo sé que voy a sembrar algo bueno en mis niños y voy a luchar por ellos. Estoy intentando irme de aquí, sólo saliendo de este barrio uno se libra de las venganzas, es la única forma de sacar adelante a mis a hijos. Yo temo por mi vida, pero más por la de mis hijos, necesito que ellos puedan salir sin que se vean metidos en una balasera. Ahora tengo que trabajarme a todos los niños de 8, 9 y 10 años como Ñoño, Morquera y Pachito que admiran a mi hermano, he de recordarles que William no tuvo amigos, ni tampoco le sirvió de nada a su mamá y a su hermana lo que él hacía”. Su vida no es fácil en el barrio de Santa Cruz: “No puedo hablar con nadie, nunca tuve amistades, no me fiaba de nadie, ni nadie se fiaba de mi. Ni siquiera puedo hablar con la familia de mi esposo, incluso las familias no quieren que los niños vengan a mi casa a jugar con mis hijos”, relata Irma.

A pesar de la tragedia de Medellín, lo que uno nunca podrá olvidar son las ganas de vivir rodeados de tanta muerte, la capacidad de este pueblo de sobreponerse a la tragedia. Manolo Medina, un canario que trabaja desde hace años en los suburbios de Cali, lo expresa así: “Colombia es la sociedad que pasa más fácil de la violencia a la ternura, del odio al perdón y del llanto a la fiesta”. Antes de salir del barrio de Santa Cruz, César Giraldo, entristecido por las tragedias que me ha relatado, y con la angustia de quien sabe que esta gente se merece otra imagen distinta de la que inevitablemente me ha transmitido, me dice antes de despedirnos: “por favor, quiero que cuando escribas digas que esta gente es buena, que entre tanta muerte y violencia, aquí, la alegría y el amor a la vida siempre está presente en sus corazones, que son muchas, muchísimas, las personas que están trabajando por levantar estos barrios para que estos niños que nos rodean vivan sin violencia y en paz”. (Texto escrito en 1996)

Pascual Serrano

(1) Niños de los suburbios de Colombia.

(2) Alonso Salazar J. No nacimos pa’semilla. Cinep. Bogotá. 1990

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