Carta de un periodista que no se doblega

Deliberadamente despierto.

Escribo que dejo de dormir, con plena alevosía, porque tengo sed de las faldas de la Monroe, porque extraño el chiflón que le alza las faldas.

(El Postigo. AMA)

Arcadio Acevedo Martínez, es un veterano e irredento periodista mexicano, radicado en Chiapas, que no se doblega frente a las arbitrariedades denuncia y, anuncia, en una carta que su columna “Minifaldas”, que aún sale en el diario de Chiapas, dejará de publicarse por presiones del Gobierno a los editores.

Carta a Juan Sabines Guerrero
(Gobernador de Chiapas)

Soy Arcadio Acevedo Martínez. Ensayo a ser periodista desde 1968 (Semanario Palestra). Nací en Michoacán, por decisión paterna. Porque así me lo exigen mi voluntad, mi cuerpo y mis querencias, hace 34 años soy chiapaneco.

Aparte de un montón de hijos, he dado a esta tierra lo mejor que puedo (está bueno, pues: lo menos peor) en el desempeño de mi oficios, variopintos y nutridos como mis necesidades.

Nunca he sido el primero en nada, gobernador. Ni el peor en todo. Pertenezco a la anónima y ordinaria medianía, pese a mis ínfulas. A lo largo de tres décadas laboré, por fortuna, en los principales medios de comunicación de la época. De chiripa, pero fui pionero en algunos de ellos: La República en Chiapas, XETG, XEUD, XEIO, TRM Chiapas (antecesor de CANAL 10), Expreso, etc.

A lo extenso y pedregoso, a lo diáfano y terrible, a lo ciego y prometedor de ese camino, derrumbado junto a otros periodistas en el quicio de la esperanza sin remedio, he visto entrar gobiernos y gobernadores de todos los talantes e intenciones: represores, mecos, carismáticos, galanes, generosos, prietos, amarretas, inteligentes, ladrones, fieros, incapaces, cínicos, demagogos, pastores, bobos, corruptores, deportistas, borregos, asesinos.

Los he visto salir ricos a todos. E impunes.

He visto a editores de prensa y dueños de medios electrónicos, “domeñados” a punta de convenios económicos por la Coordinación de Comunicación Social, en turno, servir de verdugos del régimen contra los periodistas insumisos. O inoportunamente dóciles.

He sido testigo de una Biblia completa de sucesos deplorables. Contemplé, por lustros, las aventuras de un célebre trío de asaltantes, jinetes del Apocalipsis vernáculo (alguno ya erigido mártir de la libertad de expresión), cabalgar guadaña en ristre por las dilatadas, acaudaladas estepas de las dependencias gubernamentales, por los llanos políticos, extorsionando a funcionarios de largas colas o rabones, bajo amenaza de llevarlos al paredón y fusilarlos con ráfagas de ocho columnas.

He visto desaparecer infinidad de empresas editoriales y publicaciones para siempre jamás. O de manera intermitente, según la lluvia de billetes y prebendas arrecie o pare.

Cuando las compuertas del erario público se han abierto sin pringa de discreción, he mirado, he escuchado hordas de comerciantes, de analfabetas, de lenones de ideales, de salteadores en terreno yermo, de abigeos conceptuales y de extorsionadores disfrazados de periodistas, suplantar a los representantes legítimos del gremio. Los he visto, los he oído lapidar a sus camaradas de infantería a cambio de chinchines, de pepitas de calabaza, de ventiscas.

Sometidos al potro inquisitorial del desempleo, he visto a los periodistas chiapanecos, huérfanos de prestaciones laborales, bastardos de los servicios de salud, menos cotizados en el mercado de la credibilidad popular (en el tianguis del propio juicio, incluso) que una lámina mil veces regraneada.

Los periodistas chiapanecos me han visto también; me he visto con este par de ojos que se han de comer los gusanos, arrebatar mendrugos de la mano que los ofertaba, con el fango hasta los tobillos, con la dignidad a media asta. Los he visto y me vieron. Nos vimos prescribiéndonos mutuamente justificaciones familiares para amansar los reclamos de la conciencia.

Deleznable triunvirato poder-servilismo-cobardía, he visto en innúmeras ocasiones cerrarse las puertas de los círculos laborales, en las narices, en plena alma de quienes osaron manchar con un “no” el blanco rotundo de la aprobación multitudinaria, unísona, unánime.

He visto a hermanos de oficio empuñar la titularidad de COCOSO para vengar en nombre, santo y seña del gobernador, y algunos sin su consentimiento, presuntos o verdaderos agravios personales.

Los hemos padecido, parapetados tras las murallas del efímero hueso, fumigar las parcelas gremiales con el maligno afán de erradicar lo que consideran peste contagiosa: la libre expresión del pensamiento, la libre enunciación de la relidad.

He escuchado a periodistas ofrecer a sus congéneres la herencia del verbo libertario. Los he visto subir al monte en calidad de paladines mesiánicos, con la fe de sus camaradas al lomo. Entre salves y palmas.

Enseguida los he visto descender con el borrego dorado en hombros, abrazados con los déspotas, predicando con gestos y señas el decálogo del silencio.

Los he visto, ayuntados con los poderosos, amagar, sembrar el terror entre sus camaradas descreídos. Entre los disímiles.

También he visto a periodistas chiapanecos, tropa de trincheras, flotando a la deriva en la mar de su sangre. Con un hueco en la sien más grande que las interrogaciones, asesinados a mansalva por órdenes de “mandatarios” criminales.

Actualmente, gobernador, escribo una columna para un modesto tabloide que hace años disfrutó, sin presunciones, de los quince minutos de celebridad que le correspondieron en Tuxtla, a la sazón “capital mundial de los periódicos”.

En los escaparates de sus páginas se exhibieron las plumas de reconocidos literatos, políticos, luchadores sociales, guerrilleros, caricaturistas, intelectuales y muchos de los mejores reporteros de la prensa autóctona y defeña (me resisto a apodarla “nacional”).

Nuestro sueldo, el de los peones, era simbólico. Pero nuestros sueños de tolerancia y respeto a la pluralidad eran reales, contantes y sonantes. La voz que el compacto grupo prestó a cientos que no la tenían, era de veras. El gozo interior que esos detalles solidarios, simples, de humanos en sintonía con los más infortunados humanos nos proporcionaron, sigue siendo real.

Sumando turnos, he completado cinco años de cotidiana labor en ese diario. En sesenta meses, en mil 825 días, jamás me fue mutilado, restaurado o maquillado un texto, aun estando Pablo Salazar en su egocéntrico apogeo.

Hasta el día en que celebramos el término de un sexenio paranoico y el advenimiento de la libertad de expresión, con la llegada de usted a la gubernatura.

A partir de ese día, el periodista Jacobo Elnecavé, funcionario de COCOSO, amenazó a la propietaria del diario con retirar la publicidad oficial si persisto en mi actitud, es decir, si continúo teniendo la osadía de escribir lo que pienso. De pensar lo que escribo.

En consecuencia, sin respeto a mi tarea, la columna (Minifaldas) ha venido apareciendo o no, a criterio de los temerosos editores. Por horas, aumenta la lista de temas vedados.

Sé de unos compañeros que han sufrido el mismo vergonzante trato en diversos medios. En prácticamente todos los medios, cabría precisar. Sé de otros que, por pánico u ambición de los patrones, fueron echados del sitio en el que laboraron por años.

Triste verdad: desde siempre, en Chiapas, referirse a las cosas que queman de tan ciertas, equivale a “rascarle la panza al tigre”, “a rifársela”, “a ponerse con Sansón a las patadas”. Como si la vocación de los comunicadores no fuese más elevada que la de los asnos.

El caso más sonado, a nivel gremial, es el de un conductor de noticieros de Canal 10, cesado por cubrir la nota de l@s ancian@s, víctimas mortales de un acarreo proselitista*. Hasta hoy, ninguna de las numerosas asociaciones de periodistas de la entidad elevó su protesta, ni salió en defensa de sus colegas.

A juicio mío, gobernador, la sentencia canina de López Portillo, “no te pago para que me pegues”, es más inválida que nunca, puesto que el dinero administrado por el gobierno es de todos los chiapanecos sin discriminación de credos, sabores, olores ni colores.

Si diversos ramos empresariales, creadores de empleos, han ameritado el apoyo del gobierno en épocas difíciles, sin condiciones, no veo por qué el rubro editorial debe ser la excepción, por una parte.

Por otra, ayudar a salvaguardar el derecho a la libertad de expresión de los chiapanecos, no es la menos trascendente de las obligaciones de un gobierno, ni la que menos aporta al crecimiento espiritual e intelectual de la sociedad. Y del gobierno mismo.

No se trata de una graciosa concesión, sino de un derecho y un deber constitucionales.

Nunca he militado en partido alguno. Me provocan claustrofobia los rediles. Me sacan roncha las cofradías. Soy hombre que ya no se cuece al primer hervor ni en cráter de volcán activo. Apenas destetado, viví en desorden vital (no me quejo, presumo).

Me alimento poco y a deshoras. Fumo. Duermo, cuando logro echarle un pial al sueño, a pestañeadas. Si en la medida que masco vidrio rezara, llegaría al cielo en un santiamén. Hasta antes de que me empezaran a rechinar los goznes llevé una dieta rica en carnes blancas (morenas, amarillas, negras, apiñonadas). Mis expectativas de permanencia en este maravilloso escenario de la vida, pues, son breves. Creo. (Ruego en mi fuero interno equivocarme).

Gobernador: habituado a andar sin un clavo, no muy me atrae el papel de cristo redentor. Salvo de lo que no debería hacerse si se quiere vivir tranquilo, no puedo ser ejemplo de nadie. No quiero. Es sólo esa sospecha del corto plazo de la que hablo, es la urgencia de no desempatar mis aspiraciones con mis actos, la necesidad de defender mi derecho a opinar sin represalias, lo que me impulsa a dirigirme a usted, sin pensar en consecuencias.

Consecuencias, digo, no refiriéndome a atentados contra mi integridad física, sino porque en esta Torre de Babel que hemos ayudado a levantar los comunicadores, me podrían llegar lancetazos desde varias direcciones. No importa. También me llegarán palmadas solidarias.

Si mi extensa carta hace pensar a un(a) periodista, a un ciudadano cualquiera, que podría firmar cuanto digo, quedaré satisfecho. Si logra convencerlo a usted, gobernador, de instruir públicamente a sus colaboradores en el sentido de respetar verdadera, irrestricta e incondicionalmente la expresión de las ideas, en tanto ceñidas a la ley, consideraré mi propósito cumplido con creces.

En caso contrario, repicaré otras campanas, llamaré a otras puertas, hablaré a otros oídos más receptivos hasta lograrlo.

Le saluda y agradece la atención dispensada:

Arcadio Acevedo Martínez

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1 Comment

  1. EXCELENTE ES MANIFESTAR NUESTRAS OPINIONES, LOS MEDIOS MASIVOS DE MANIPULACION NOS HAN CALLADO, TODO AQUEL QUE LEVANTE LA VOZ ESTA HACIENDO LO JUSTO, LOS PUEBLOS QUE SE MANIFESTAN ESTAN HACIENDO LO CORRECTO, QUE EL GOBIERNO NOS IGNORE ES ALGO QUE TERMINARA ALGUN DÍA.

    “MUERA FELIPE CALDERON, MUERA EMILIO ASCARRAGA, MUERA CARLOS SLIM, MUERA LA MEDIOCRIDAD DE LOS MEXICANOS”

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