China, el gigante autoritario

China está en boca de todos a raíz de la feroz represión ordenada desde Beijing contra los tibetanos independentistas. Lo peor es que no se trata de un caso aislado. En otras regiones de China pasa exactamente lo mismo: se persigue a disidentes, sindicalistas y periodistas. Aquí algunos casos que revelan la esencia autoritaria del gigante asiático./Raúl Mendoza.

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En China cualquier ciudadano que acude a un cibercafé, ingresa a internet y teclea, por ejemplo, las palabras ‘Tiananmen’ o ‘Dalai Lama’, no obtiene ningún resultado. Tampoco puede encontrar páginas informativas como Wikipedia o el portal de un medio de comunicación. Hay un control de webs ‘prohibidas’. Y si el usuario quiere tener un blog, participar en foros, hacer uso del correo electrónico o chatear con cualquier conocido, deberá someterse al control de funcionarios del gobierno. Lo que es tan natural en la mayoría de países –revisar los diarios del mundo, informarse, decir lo que se piensa, hablar libremente con extranjeros– es inadmisible para el régimen chino. A esos niveles ha llegado el control sobre la vida de sus ciudadanos.

El ciberespacio es nuestro. En China esta frase no la dicen los usuarios, sino el gobierno. Muchos detenidos por ‘disidencia’ han sido ubicados en la red. Ese ha sido el caso del periodista Shi Tao, condenado en abril del 2005 a diez años de cárcel por “divulgación ilegal de secretos de Estado” por internet. Su detención fue indignante: la filial de Yahoo! en Hong Kong entregó a la policía su dirección de correo, el mail que escribió y el IP de su computadora. La organización Reporteros sin Fronteras protestó así: “Yahoo! ya era un celoso colaborador de la censura, ahora se convierte en auxiliar de la policía china”. Y no ha sido el único caso. El mercado chino es muy grande para perderlo si las empresas de internet no acceden a las demandas del gobierno chino. Y entonces muchas colaboran con la persecución de ideas. ¿Qué hizo Shi Tao? Difundir en el extranjero un documento –facilitado a su diario por el gobierno– que alertaba sobre los peligros de una desestabilización por el regreso de disidentes durante el aniversario de la masacre de Tiananmen. Hoy cualquier ciudadano chino que acude a un cibercafé debe presentar un documento de identidad para que puedan controlar cuántas veces accede a internet, además de dar su IP para saber ‘dónde navega’. La circulación de ideas y la libertad de expresión son conceptos de otro planeta en China.

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Presos. Arriba, Hu Jia, un activista de DDHH. Abajo, Shi Tao, un periodista, fueron detenidos por expresarse libremente.
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En el caso de Tao, la compañía Yahoo!, filial china, dio información privada a las autoridades, lo que llevó a su detención.

El Falun Gong es el enemigo. Dicen que en un inicio el movimiento Falun Gong era aceptado por el gobierno chino, pero este se puso nervioso cuando descubrió que con los años habían alcanzado los 100 millones de practicantes. Mucho más que los 70 millones de militantes inscritos en el Partido Comunista Chino. Además el Falun Gong les dio la oportunidad de darles el zarpazo: cuando el grupo fue creciendo, protestaba ante los medios que difundían información tergiversada sobre su movimiento. También protestaron ante muchas sedes de gobierno. En 1999 el gobierno los declaró fuera de la ley “por desestabilización social” y por sus “conceptos anticientíficos”. Hoy, según el propio movimiento, 100 mil practicantes de esta disciplina están en las cárceles chinas o en campos de trabajo donde son ‘reeducados’. Otros miles –aseguran– han sido confinados a hospitales mentales o murieron en prisión.

También se ha denunciado –aunque para el gobierno solo se trata de ‘rumores’– que a los reclusos fallecidos les retiran los órganos para atender a pacientes en espera. Para las autoridades chinas, Falun Gong es una secta que cree en tonterías como el fin del mundo y confunde a la población. Pero sigue flotando la pregunta: ¿eso avala los abusos?
Los trabajadores importan, pero no mucho. Las condiciones laborales de alto riesgo y los bajos sueldos son comunes en China. Un reportaje de la BBC de Londres señala que la inversión extranjera y el crecimiento económico empujan los salarios hacia arriba, pero el gobierno aún no está dispuesto a subirlos. Consecuencia: en China hoy se registra una huelga cada día. Con 300 millones de trabajadores, el gigante asiático es la fábrica del mundo. La mayoría de obreros hoy son jóvenes –a veces menores de edad– con más educación que sus padres y ya no están dispuestos a trabajar seis días a la semana con jornadas diarias de 15 horas, sobretiempo obligatorio, sin beneficios y apenas 100 dólares al mes. Los enfrentamientos no faltan: Huang Quingang, una joven que perdió los dedos en una fábrica y reclamó una indemnización, recibió una respuesta extrema del dueño: “prefiero gastar en matarte”.

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Abusos. Arriba, En muchas provincias los obreros chinos reciben sueldos de 100 dólares y trabajan hasta 15 horas 6 días a la semana. Arriba, arresto de un miembro de Falun Gong, el movimiento perseguido con brutalidad por el régimen chino.

En otras fábricas, los obreros son expuestos a sustancias como el plomo, cadmio o mercurio que afectan su salud. Este tema también ha ocasionado cientos de huelgas el último año. Es decir, hoy los trabajadores tienen más conciencia de sus derechos, pero el gobierno y los inversionistas tienen una muralla de cemento en la cabeza: no respetan a su fuerza trabajadora. Millones son pobres en China.

‘Limpieza’ antes de las Olimpiadas. Amnistía Internacional ha advertido que el gobierno chino está realizando una ‘limpieza’ preventiva de ciudadanos críticos al régimen para evitar protestas durante los Juegos (empiezan el 8 de agosto). Limpieza significa encarcelar a todo ‘disidente’. Para el gobierno chino uno de ellos es Hu Jia, un activista de derechos humanos a quien detuvieron en diciembre pasado por publicar “artículos críticos dentro y fuera de China” y por “incitar a la subversión”. Hoy Hu Jia está aquejado por una hepatitis. El 3 de abril –en medio de los disturbios en el Tíbet– fue condenado a 3 años y medio de reclusión. Su esposa Zen Jinyang tiene detención domiciliaria. Y no es el único caso.

Amnistía Internacional incluye en su informe de abril titulado “La cuenta atrás para los Juegos Olímpicos” los nombres de 30 activistas –de derechos humanos, dirigentes laborales, activistas pro vivienda, autoridades rurales y otros– encarcelados solo por pensar distinto o luchar por sus derechos. Para el final hemos dejado el dato más lúgubre: el último miércoles AI también informó que 22 personas son ejecutadas cada día en ese país. En el ranking de los países que abusan de los derechos humanos, China puede conseguir fácilmente la medalla de oro.

TIBET, UNA HERIDA ABIERTA

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Desde 1950, cuando la China de Mao Tse Tung ocupó los territorios tibetanos, su política con los habitantes de esta nación sometida ha sido la de ‘la zanahoria y el garrote’. Los jerarcas chinos se han preocupado por mejorar la infraestructura del Tíbet y ha habido mejoras en el acceso a la educación, pero el control político ha sido férreo. Se ha segregado y satanizado a los monjes y a su líder el Dalai Lama, hoy en el exilio. La zona del Tíbet es un permanente foco de conflictos, pues los tibetanos advierten que China busca destruir paulatinamente su cultura. Y contra ese objetivo se han rebelado. Primero en 1959 –cuando el Dalai Lama debió huir– y luego en 1989. Hoy, casi veinte años después, las protestas vuelven. Esta vez el presidente chino Hu Jintao ha dicho, con el mayor desparpajo, que los tibetanos intentan dividir a la patria. Dice el jerarca del comunismo chino que sólo dialogaría con el Dalai Lama siempre que él desista de “arruinar los Juegos Olímpicos”. Cien mil tibetanos exiliados aguardan una solución para volver a su patria. A lo largo de su historia, el Tíbet ha padecido las invasiones de chinos, mongoles e ingleses.

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