Látigo y flor

Dulce María Loynaz

Parece imposible visitar una casa que carece de timbres y aldabas, suele estar a oscuras, el teléfono tiene desperfectos y, si llueve o hace frío, su dueña se recoge aún más.

Tras las gruesas paredes, casi amuralladas, de ese palacio real en plena Habana, vive una mujer con tanto tiempo en la tierra que ha presenciado su fama, olvido y resurrección, siempre desde la distancia, con algo de indiferencia y timidez.

Sobreviviente de una estirpe de libertadores, músicos, pintores, poetas y santos, Dulce María Loynaz cada día concede menos entrevistas. Le molesta el destello de las máquinas fotográficas y su simpatía alcanza las cumbres más altas al influjo de la conversación, no de los cuestionarios.

Suele enfrentarse a los asedios periodísticos con un tono definitivo, tajante, irrevocable, como si a través de la frase amarga, tierna o mordaz intentara demorar el camino hacia su intimidad.

De su vida privada son públicos sólo los fugaces instantes en que se produjo el resplandor de un roce con otra celebridad. Cuántas veces se han rememorado sus encuentros con Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Juana de Ibarbourou o Gabriela Mistral.

El resto del tiempo ya se perdió, estuvo demasiado oculto por una cortina de silencio. Nada se sabe de esos momentos de honda angustia, de total desilusión que emergen, de manera sistemática e inevitable, a lo largo de todas sus narraciones y poemarios.

Nadie conoce mucho de esta mujer que no hizo concesiones ni prestó atención a los aplausos. Ha llevado una existencia intensa y brillante, pero tan callada que quizás los biógrafos nunca puedan penetrar con total profundidad.

Para armar un posible retrato es preciso buscarla en su propia letra, aunque ya, por demasiado tiempo, permanecen inéditos sus ensayos, olvidadas sus crónicas periodísticas, extraviada la prolífica correspondencia.

Parece imposible entrar en esa casa, pero si un día cualquiera uno abre la verja, si uno se olvida de los perros bulliciosos y sin garbo que salen al paso, si uno sube los pocos escalones que anteceden el portal, si uno mira a través de las ensortijadas herrerías de la puerta y si son, exactamente, las cinco de la tarde, Dulce María Loynaz estará vestida de blanco, en su poltrona preferida, envuelta en penumbras y silencio.

Pasados los noventa años de edad, ¿qué la sostiene todavía?, ¿en qué piensa?, ¿cómo es un día suyo ahora?

¡Ay, qué pregunta! ¿Cómo puede ser el día de una anciana que además de la carga de los años lleva la de la ceguera? ¿Qué puedo yo hacer? Nada. Esperar.

-Cuentan que todas las tardes le leen sus libros.

Sí, pero no siempre hay gente dispuesta a hacerlo. Parece que temen que yo, que fui una gran lectora, encuentre que ellos lo hacen mal, y no es así, lo hacen bien, y aunque no lo hicieran bien, para mí significa mucho que alguien me ponga en contacto con la letra.

Hay una persona que ha accedido a leerme desde hace poco. He tenido la suerte de encontrarla, pero demasiado tarde. Hubiera querido conocer a Vicente antes, porque él lee a mi gusto, no da mucho énfasis. A mí no me gustan los que leen como si estuvieran en un teatro. Él lee como se debe leer: discretamente. En fin, quisiera mantenerlo, que no se fuera por ninguna razón. Además, no he encontrado a nadie más que quiera leerme. Cuando yo digo eso hay personas que no me creen, pero es la pura verdad.

-Ojalá ese vínculo llegue a cuajar de forma que usted pueda dictarle.

Eso es más difícil porque nunca lo hice. La creación siempre iba directamente de mí al papel. Por ahora me conformo con que me lean. Es bastante. Además, yo tengo ya una obra hecha. ¿Para qué más?

-Pero los lectores no opinan lo mismo…

No dicen lo mismo, porque realmente no conocen mi obra. He escrito mucho, pero se ha publicado muy poco, y eso no es culpa mía. Yo siempre he estado dispuesta a que impriman mis libros, ¿qué más puede desear un autor?

-¿Tiene aún deseos de escribir?

Un obstáculo mínimo lo impide: yo no sé escribir a máquina y casi no sé dictar. Toda la vida escribí a mano, primero con lápiz y después, cuando mi vista se fue oscureciendo, con bolígrafo. Pero ya no puedo. Si tengo que dictar, soy muy torpe; si tengo que escribir, no veo lo que escribo, monto los renglones. Es desesperante.

Cuando estuve en Madrid, Concha Espina, que estaba ciega, me enseñó una especie de cuadrado que cruzaban unos alambres. Ella decía que apoyada en esos alambres podía escribir. Así que yo me dije: “Si algún día me toca esa mala jugada de la vida, haré otro aparatico igual”. Me queda por ensayarlo. No lo he hecho porque temo que no tenga la habilidad de ella.

Si hubiese aprendido a manejar la máquina de escribir, podría crear porque todavía hay bastante material en mi cabeza, tengo ideas, aunque quizás no sean las mismas que al parecer tuve un día. Digo al parecer porque de eso ni yo misma estoy segura. Todavía me siento con fuerzas para escribir y tengo bien puesta la cabeza, aunque a veces alguien lo dude.

¿En qué estado quedó su libro sobre El Vedado?

Del libro sobre El Vedado, algo ha quedado escrito, algo, no mucho. Voy a ver si puedo ponerlo en orden con ayuda de otra persona. Ese es un libro más útil que uno prometido sobre mis hermanos. El de mis hermanos iba a ser una satisfacción para mí, el del Vedado es una deuda mía con la ciudad.

La Habana ha sido una obsesión para escritores como José Lezama Lima y Alejo Carpentier. ¿Cuál es su relación íntima con ese mito que es la ciudad?

Creo que La Habana, aunque yo no hubiera nacido como nací en pleno Paseo del Prado, me hubiera fascinado siempre.

El Vedado, especialmente, es como un hermano gemelo mío. Los dos nacimos en el año 1902. Yo sé mucho de la vida de El Vedado, como El Vedado debe saber de la mía. Puedo decir, por ejemplo, cómo era según mis primeros recuerdos. Era casi un bosque, lleno de árboles, de enredaderas que colgaban. Yo tengo ese recuerdo de El Vedado que pocas personas pueden dar porque necesitarían tener los mismos años míos y haber estado en contacto con él como yo estuve.

Todas las tardes mi abuelo, que estaba paralítico, me llevaba en su coche a pasear y me hacía la historia de las casas que se iban construyendo, de los baños de mar, de todas aquellas cosas del Vedado primitivo, un poco ingenuas, que ya hemos perdido, pero en mi memoria están vivas. Si Dios me ayudara un poco con los ojos, yo pudiera pasar esta visión mía al papel.

-Escribir Un verano en Tenerife le llevó cinco años y Jardín, siete. ¿Cómo entonces gustó del periodismo, que requiere de tanta premura?

Llegué al periodismo por cauces muy naturales. En primer lugar porque fui mujer de un periodista y, por otra parte, a mí todo lo que sea letra de molde me ha atraído siempre, lo mismo periodismo, que novela, que filosofía. Escribir me gustó siempre y leer, más todavía.

-Hace poco comenzó a circular una nueva edición de Un verano en Tenerife, un libro que nadie sabe clasificar, unos dicen que es un diario de viajes, otros que es una novela. Hay hasta quien dice que es periodismo…

Yo considero que es lo mejor que he escrito. Siento que ese libro tan bien hecho, y tan bien cuidado, no se lo haya dedicado a Cuba. Se lo dediqué a Tenerife que es un poco también mi patria, porque era la de mi marido.

-Era lógico que hiciera un libro de viajes, como gran viajera que fue?.

Conocí, por ejemplo, la tierra de Palestina, tan rica en historia, en religión, en todo. Anduve por tierras de Africa, esas que ahora salen tanto en los periódicos, por tierras de América, América del Sur la conozco toda, país por país, y la América del Norte, bastante, pero no era la que más me interesaba.

Usted ha desechado más de lo que ha difundido y otra parte, sobre todo epistolario, ensayo y periodismo, permanece inédita.

Sí.

¿Desechaba por criterios estéticos o espirituales?

Por criterios estéticos, ¿qué otra cosa pudiera ser? En eso lo que prima es la estética.

¿Esos textos inéditos podrían revelar nuevas facetas de usted como escritora?

Creo que sí. Pero dónde buscar ahora, al cabo de tantos años. Hay una persona, un amigo mío que tiene una cantidad grande de mi correspondencia, y no sé si ahí hay muchas cosas. Pudiera haberlas. Pero él es muy avaro de sus cosas: no las muestra. Habrá que esperar a su muerte. Desde luego, yo no puedo esperar.

Los críticos afirman que usted leía sus textos con un tono muy especial.

Creo que sí, mis libros eran mejores cuando yo los leía.

¿De alguna manera su gusto por la música trascendió a su obra?

Ojalá, pero creo que no.

¿Por qué aparecen en tantos poemas suyos mujeres y niños con trastornos físicos?

Me es difícil contestar. Realmente los niños son un motivo muy usado en la poesía en general. Ahora, un niño con una tara es apartado. Yo tomo ese niño apartado y lo traigo a la poesía. Es una obra de caridad, diría mejor, una obra de amor, aunque no soy de esas mujeres que se derriten ante un niño: yo no me derrito. Creo que el niño tiene su importancia y es la que se le debe dar, ni más ni menos. Un niño siempre es una cosa muy respetable, y yo respeto a un niño más que a un viejo.

-Algunos poemas suyos son rebeldes, como quien amordazó alguna pasión.

Quién no ha tenido en su vida pasiones: aquel que no sepa de amor ni de dolor, aquel que no sepa de versos, que se ahorque en un pino será lo mejor. Son versos de Darío.

Por su novela Jardín (1951), usted se consideró en alguna oportunidad pionera del realismo mágico, afirmación que quizás sorprenda a Gabriel García Márquez.

Yo no sé si fue él quien inventó él realismo mágico, porque esas cosas diría que existen desde el principio del mundo. Por lo menos sí le concedo que lo difundió. Pero una cosa es inventar y otra, difundir.

Nunca me propuse escribir realismo mágico, sobre todo porque exactamente no sabía entonces qué cosa era realismo mágico. He venido a oír hablar de él después de García Márquez. Pero creo que sí, que yo me acerqué a ese peligroso mar donde tanta gente ha naufragado.

José Lezama Lima aceptó contactos entre Jardín y Paradiso.

No sé, porque no he leído Paradiso. Sinceramente, yo he leído muy poco. Comencé a perder visión desde hace muchos años, y lo primero que me aconsejaron los médicos fue que suprimiera tanta lectura.

Varios escritores y críticos se han referido a usted. ¿Está molesta con alguno de ellos?

Estoy conforme con lo que la crítica ha dicho de mí, quizás, a veces, me parece que ha exagerado algo, sin que yo quiera parecer modesta, porque otras veces no ha dicho toda la verdad. Pero en fin, en términos generales, estoy contenta en cómo me ha tratado la crítica.

¿Está en desacuerdo con alguna opinión sobre usted y su familia?

No, en general han sido bondadosos conmigo. No estoy en desacuerdo con nadie.

Usted ha dicho varias veces que evita “invadir el terreno de la política”. ¿Es una apreciación personal o un principio que extiende al resto de los escritores?

Es una apreciación personal, mía, pero creo que por regla general los escritores no se meten mucho en política: es un campo minado.

¿Qué le desagrada de los periodistas?

Que a veces quieren ponerse de relieve ellos y no a la figura que tratan.

¿No le aburren, preguntándole casi siempre lo mismo?

Yo los entiendo, yo no doy para más…

Usted, que es la periodista más antigua de Cuba, ¿tiene algún consejo que dar?

Me voy a guardar de dar consejos, los tiempos han cambiado tanto…

¿Se ha quedado con deseos de conversar sobre algo?

No. Si lo hubiera deseado, lo hubiera dicho yo misma.

En uno de sus poemas antepone el logro de la felicidad al de la heroicidad y la sabiduría. A usted, que ha tenido tanta sabiduría, ¿le faltó felicidad?

Honradamente puedo contestar que completa no la tuve, pero sí tuve momentos de mucha, mucha felicidad.

A veces, me parece que estoy sentada en una sala de cinematógrafo y veo pasar una película, unas veces borrosa, otras veces clara, otras veces cortada, interrumpida, pero así es como me siento.

¿Alguna vez pensó en el suicidio?

No. Nunca.

¿Qué conclusiones sacó de la vida?

No sé, no puedo contestar. Nunca tomé la vida como una lección que debía aprender o de la cual sacar alguna conclusión. Para mí, no fue eso. Fue una cosa muy linda que quise vivir a plenitud, aunque no pude.

¿Cuál fue su ideal para hacer toda obra?

Mi ideal fue saber y entender. No me atengo a reglas ni a fórmulas. No creo en ellas.

Usted, que se considera tan cubana, ¿cómo define lo cubano y la cubanía?

Para eso sería mejor ir a los textos de Martí, porque más cubanía que ahí no creo que haya, ni nadie pueda decir.

Yo, por otra parte, poco he podido hacer por mi país como no sea la obra que dejo escrita, que algún día tendrá su valor o no lo tendrá. Eso no se sabe. Pero es todo lo que he podido hacer por Cuba. Si más hubiera podido hacer, más hubiera hecho: no puedo olvidar que soy hija de libertadores.

¿La reciente revalorización de su obra, ha compensado el olvido anterior?

En cierto modo sí. Yo trato de no ser rencorosa y ayudar a todos los que vienen a mí, incluso a los que pudieron venir antes y no vinieron. Esa es mi idea, mi sentimiento, sin hipocresía, sin reservas. Pero es difícil olvidar el olvido.

Dice uno de sus admiradores, el poeta cubano Miguel Barnet, que usted lleva en una mano un látigo y, en la otra, una rosa.

Sí, esa imagen le ha dado la vuelta al mundo.

¿Y usted está de acuerdo?

Creo que sí.

¿Y cuándo usa cada uno de ellos?

El látigo lo he puesto a un lado, ya no sé manejarlo, pero la rosa la sigo ofreciendo.

(La Habana, junio de 1995/Armando Chávez/Memorias de papel)

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