Jiménez Mota, deuda de la justicia

A tres años de la desaparición del reportero Alfredo Jiménez Mota, las autoridades federales carecen de pistas sólidas; ningún responsable ha sido identificado ni se tiene claro el móvil del crimen. Su madre, Esperanza Mota, recuerda al joven con orgullo y tristeza: no es fácil creer que aún esté con vida

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Empalme, Sonora. Se hunde en el sillón. Lleva la mano izquierda hasta su mejilla, que apresa entre los dedos pulgar e índice: los pellizcos, intermitentes, continuarán durante la entrevista; al tiempo, balanceará sus pies, apenas cubiertos por unas viejas sandalias de plástico negro.

Esperanza Mota viste una desgastada falda color negro, una blusa casi gris. Por debajo de la piel, un dolor indescriptible se le ha enterrado desde el 4 de abril de 2005, cuando los editores del diario El Imparcial hablaron con su esposo; querían averiguar el paradero de Alfredo Jiménez Mota, el hijo menor. Para entonces habían transcurrido dos días laborales de ausencia injustificada.

—Siempre fui a dejarlo a la terminal. Ese día (2 de abril) no sé por qué no fui, no lo recuerdo. Me quedé parada ahí (en la puerta). Él siempre se despidió de abrazo y beso de mí. Ahí nos quedamos los dos, mi esposo y yo, viendo cómo se iba…

La endeble fortaleza se desmorona y las lágrimas traicionan a Esperanza. Apresurada, seca su rostro surcado por la edad y ofrece disculpas, pero sobrellevar esta angustia no es fácil.

Los dos días previos a la noticia, la mujer de 60 años esperó en vano la llamada de Alfredo. El sábado de la desaparición permaneció en vela. Nada, ni un repique del teléfono. Por vez primera, el joven faltaba a su promesa de reportarse con bien.

—Ese día, 2 de abril, se me hizo noche esperándolo. Me acosté en la madrugada esperando la llamada. Ya van tres años y nada. Vienen los de la SIEDO (Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada, de la Procuraduría General de la República), y nada.

Ese sábado, el reportero partió de Empalme –adonde había venido para celebrar el cumpleaños de su padre– rumbo a Hermosillo. Según se ha sabido, por la noche se entrevistaría con una fuente de información “que estaba muy nerviosa” y luego vería a una compañera de trabajo.

—Lo extraño. Aunque no quiera llorar, aquí tengo las lágrimas en las pestañas. Extraño mucho a mi hijo, me hace mucha falta… No es posible que lo desaparecieran, es como si se lo hubiera tragado la tierra.

Aunque en Sonora pululan las historias acerca del plagio, la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) –que trabaja en el caso desde el 22 de abril de ese año– carece de avances en sus indagatorias.

—Están igual que al principio: no hay nada. Han encontrado cadáveres, pero no de él. Yo no sé si está muerto. Nosotros (la familia) creemos que no.
Al momento de su desaparición, el reportero del diario El Imparcial tenía 25 años de edad e investigaba redes de narcotráfico y su posible relación con políticos de la entidad.

Respecto de la desaparición forzada, Esperanza busca explicaciones; quiere entender por qué Alfredo se empeñó en trabajar esos temas, en vez de atender sus consejos de cambiarse a la sección de espectáculos.

—A él le gustaba investigar. Yo le decía: “para qué te metes en problemas, te van a hacer algo”. “Qué me va a pasar, yo no tengo miedo. Si me matan, ni modo”. No medía el peligro. Como es joven, se le hizo fácil.

Hasta ahora, los agentes federales no han conseguido una pista sólida. Entre las líneas que han seguido destaca la testificación de una vidente, quien sugirió haber tenido contacto espiritual con el reportero.

Tortura permanente

—Cuando se te muere una persona tienes el consuelo de ir al panteón, ¿y uno? Ni ese consuelo.

Además del dolor, la familia Jiménez Mota ha tenido que padecer acosos y chantajes: llora de hambre, de desesperación; está desnudo, encerrado en una jaula; ahí orina y defeca; se alimenta de comida enlatada, pero a veces no le dan nada y entonces llora, decía una voz masculina a la madre de Alfredo.
—Diario me hablaba un muchacho, se le oía la voz de chavalo, me decía muchas cosas de Alfredo que me hacían sentir muy mal… Quería que le diera 10 mil pesos, pero de dónde le voy a dar si no tenemos. “Yo no sé. Alfredo me prometió mucho dinero”, me decía; “pero (cómo te va a prometer), si él está igual que nosotros, sin dinero”. Dijo que él lo estaba cuidando.

Asesorada por agentes de la AFI, Esperanza solicitó una prueba de vida: “Qué mascota le gustaba cuando era chico. Se quedó patinando, no supo. A Alfredo le gustaban mucho los gatos”. Entonces cesaron las llamadas.

Los padres sufrieron un segundo intento de extorsión. Ahora se describían unas cuevas a las afueras de Hermosillo, donde se suponía que estaba secuestrado el reportero.

—Una señora me habló para decirme que, en una cantina, su hijo escuchó que lo tenían en una cueva de un cerro de Hermosillo, me dijo que le bajaban la comida con una cuerda. Era agosto, con un calorón y un solazo… se hubiera deshidratado, pero siempre nos quedamos con la duda. Mi cuñada pidió de favor que la llevaran. Encontró unas cuevas muy hondas, pero no había nada. La pobre llegó muy quemada por el sol.

Aunque en ambos casos las llamadas fueron rastreadas por agentes federales, hasta la fecha se ignoran los autores.

—Esas personas se burlan del dolor ajeno. Ojalá nunca les pase algo parecido.

El acoso no se ha ceñido al ámbito del chantaje. En vísperas del tercer aniversario de la desaparición, al lado de la placa que dice: “A la ausencia de Alfredo Jiménez Mota, exigimos justicia” –colocada por autoridades municipales, familiares y amigos en un parque de Empalme en abril de 2006– amaneció una cruz de panteón.

—Mi esposo tuvo que ir a quitarla. Me platicó que era una cruz vieja.

Ferrocarrilero o boxeador

La humilde casa de Esperanza se ubica en el centro de Empalme, en uno de los tantos callejones sin pavimentación de este municipio. Sólo la estancia y el comedor tienen techo de losa; cocina, sanitario y recámaras, de lámina.

Arriba del marco de la puerta de entrada, una calcomanía –con la fotografía de Alfredo– exige su presentación con vida. Al interior, un retrato y dos reconocimientos a su labor periodística cuelgan de las paredes.

Hasta cumplir su mayoría de edad, Alfredo no imaginó dedicarse al periodismo. Cuando era niño, su madre pensaba que sería ferrocarrilero como su esposo, con quien viajaba por días en el tren durante las vacaciones. Luego se interesó en el boxeo, quizá “porque pensaba que ganaban mucho dinero”.
—Él quería ser boxeador. Cuando entró a la secundaria le gustaba entrenar y ya en la preparatoria un chamaco lo descubrió. Entonces le dije, “Alfredo, no es que no quiera que vayas a entrenar, es que vas a fallar en la escuela”: reprobó cinco materias. En esa preparatoria, a las tres materias, expulsaban a los estudiantes, pero a él le dieron una oportunidad: diario se quedaba en las tardes y pudo acabar la prepa.

El reportero vivió en Empalme, con su familia, desde su nacimiento y hasta los 19 años. En 1999 se mudó a Culiacán, Sinaloa. Durante los cuatro años que duró la licenciatura, alternó el estudio con el trabajo. En el primer semestre fue reportero de espectáculos para el diario El Sol de Sinaloa.

—No creí que fuera a estudiar la universidad. Al salir de la prepa entró a trabajar en un supermercado de Guaymas; aquí no, porque lo iban a ver sus amigos. Acomodaba mercancía y le pagaban 30 pesos. Ahí estuvo un año, pero como mi hija quiso entrar a la universidad naval, él dijo que por qué sólo ella. Era bien batalloso; yo siempre andaba sacando la cara por él. Me palmeaba la espalda y me decía: “estudié gracias a ti, mamá”.

El rostro de Esperanza se contrae. En la mueca se le adivina un sentimiento de culpabilidad: si ese joven alegre, fuerte, alto –1.85 metros de estatura–, amante de los gatos, cariñoso hubiera sido ferrocarrilero o boxeador…

—Mi esposo siempre decía: “ya va a venir tu chipilo”. Yo no tengo preferido, pero tal vez, inconscientemente, porque él era muy apegado a mí, platicaba mucho conmigo de sus amigos, de los lugares a donde iba a hacer sus reportajes. Cuando venía, ahí se sentaba (señala una mecedora amarilla) mientras le preparaba el desayuno y me platicaba, imitaba el acento de los sinaloenses y nos reíamos mucho. Era muy bromista y muy juguetón. /Nancy Flores/Contralínea

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1 Comment

  1. quiza no ayude mucho que le cuente del motita como le deciamos el temoc,el chano,el perro,el capo y el pelon en el cobach pero se lo escribo para que sepa que aun me acuerdo del morro que tenia dos pies izquierdos pal futbol pero que era nuestro defensa estrella porque lo que se le hacercaba no salia bien librado por eso esa banda era impasable en las canchas del cobach empalme.era bueno para los trompos como lo veiamos a cada rato que nos pegaba una &&%·”ga cuando jugaba con el ahmed y su rizo de oro querido,tambien me acuerdo de su voz ronca que le deciamos que fuera locutor que ai habia futuro pa el,espero de verdad que este vien y donde quiera que este sepa que todavia en los ratos de platicas yo y el temoc nos acordamos de el.

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