Agua Viva, un restaurant en el corazón de Lima

 

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El “alimento espiritual” es el platillo central del “L´eau vive”, un restaurant francés que está enclavado en el centro de Lima donde monjas carmelitas cantan el “Ave María” antes de servir la cena.

El manso ruido del agua que cae de un estanque de la casona colonial, ubicado frente al Palacio de Torre Tagle, sede de la cancillería peruana, es roto, ritualmente, todos días a las nueve de la noche.

A ese remanso de paz no solo se va a comer o a beber un buen vino, servido en pequeñas jarritas de vidrio, sino que se va a reencontrar consigo mismo, con la paz de la oración y la bendición religiosa.

 

Está dentro una antigua mansión donde huele a flores, y el sonido matinal o nocturno es el eterno discurrir del agua.

Las mujeres que allí trabajan visten muy sencillas, sin maquillajes, la mirada baja, voz suave y a las 21:00 horas locales (01:00 GMT) suena el coro, como un leve murmullo y luego se afinca en los corazones.

Los recursos que allí se recaudan por venta de alimentos es donado a los menos favorecidos, a gente pobre de Lima, aseguró a Notimex la monja Melba Caucha Granda, a quien se le arrancan unas cuantas palabras.

Esta mujer de ojos tristes, cabello recogido, un sencillo suéter azul, gafas a la gatúbela, originaria de la norteña región peruana de Piura habla poco, pero es muy atenta.

Asegura que por el restaurant han pasado monjas de Argentina, Brasil, México, Camerún, Nueva Caledonia, Asia, Madagascar, Inglaterra, España, Polonia, entre otras naciones que han asumido el reto de servir.

L’Eau Vive, es atendido y administrado por monjitas que tienen a escasos metros la catedral. Las bebidas “espirituosas” como el vino, o el pisco sour no están prohibidas.

Las mesas, cubiertas con manteles rosa pastel y pañuelos verdes están bellamente adornadas con flores tropicales.

El patio interior de la vieja casona tiene pequeñas plantas, mudas testigos del paso ágil pero silencioso de las monjitas que van de un lado a otro, corren y diligentemente atienden a los comensales.

Este restaurante, llamado por muchos el “remanso de paz” fue fundado en 1950 por la familia “Misionera del Padre Marcel Rousset en Besançon (Francia)” que ordenó que la instalación de muchos restaurantes.

A través de la venta de alimentos se captan recursos y estos van a dar a los más pobres. Esa fue la consigna y sigue así en todos los restaurantes y hospedajes que se llaman “L´eau vive”.

peruana
peruana

“Este concepto se ha repetido lo mismo que Argentina, Milán, Marsella, París o Lima. En cada casa hay una Virgen María que ilumina a los comensales quienes reciben antes de cenar pequeños folletos”, afirma la “hermana” Cleotilde.

La letra del “Ave María” puede ser leída o sumarse al coro de las monjas que de esta forma subliminal mantienen un proceso de permanente evangelización.

La monja Laurita, cuyo apellido guarda bajo siete llaves, dijo que antes de los alimentos “hace bien honrar al creador” y razón no le falta en estos tiempos de descuido espiritual y apremios terrenales.

Sor Laurita ayuda al trabajo sin protestar, se encarga de picar cebollas, verduras y frutas en una cuidada cocina que reluce diariamente.

En otros días, cuando no trabaja en el restaurant ayuda a niños pobres que trabajan en la periferia de Lima a quienes provee alimentos.

Para comer qué mejor que un Tournedos Exotiqué con papas Dauphines o un pato con champignones al vino blanco, un lomo a la pimienta verde, aliñado con naranja.

Un mouse de mango, frutilla, salsa de chocolate con chantilli o helado de lúcuma puede ser el cierre perfecto de una buena cena.

Aquí, en el “L´eau vive” no se deja propinas y todo ronda casi en el más absoluto silencio. Nadie habla, nadie pregunta, la respuesta sólo está en una especie de retiro espiritual mientras se come un suculento platillo o se canta el “Ave María”.

Todo lo demás, es terrenal.
 El “alimento espiritual” es el platillo central del “L´eu vive”, un restaurant francés que está enclavado en el centro de Lima donde monjas carmelitas cantan el “Ave María” antes de servir la cena.

El manso ruido del agua que cae de un estanque de la casona colonial, ubicado frente al Palacio de Torre Tagle, sede de la cancillería peruana, es roto, ritualmente, todos días a las nueve de la noche.

A ese remanso de paz no solo se va a comer o a beber un buen vino, servido en pequeñas jarritas de vidrio, sino que se va a reencontrar consigo mismo, con la paz de la oración y la bendición religiosa.

Está dentro una antigua mansión donde huele a flores, y el sonido matinal o nocturno es el eterno discurrir del agua.

Las mujeres que allí trabajan visten muy sencillas, sin maquillajes, la mirada baja, voz suave y a las 21:00 horas locales (01:00 GMT) suena el coro, como un leve murmullo y luego se afinca en los corazones.

Los recursos que allí se recaudan por venta de alimentos es donado a los menos favorecidos, a gente pobre de Lima, aseguró a Notimex la monja Melba Caucha Granda, a quien se le arrancan unas cuantas palabras.

Esta mujer de ojos tristes, cabello recogido, un sencillo suéter azul, gafas a la gatúbela, originaria de la norteña región peruana de Piura habla poco, pero es muy atenta.

Asegura que por el restaurant han pasado monjas de Argentina, Brasil, México, Camerún, Nueva Caledonia, Asia, Madagascar, Inglaterra, España, Polonia, entre otras naciones que han asumido el reto de servir.

L’Eau Vive, es atendido y administrado por monjitas que tienen a escasos metros la catedral. Las bebidas “espirituosas” como el vino, o el pisco sour no están prohibidas.

Las mesas, cubiertas con manteles rosa pastel y pañuelos verdes están bellamente adornadas con flores tropicales.

El patio interior de la vieja casona tiene pequeñas plantas, mudas testigos del paso ágil pero silencioso de las monjitas que van de un lado a otro, corren y diligentemente atienden a los comensales.

Este restaurante, llamado por muchos el “remanso de paz” fue fundado en 1950 por la familia “Misionera del Padre Marcel Rousset en Besançon (Francia)” que ordenó que la instalación de muchos restaurantes.

A través de la venta de alimentos se captan recursos y estos van a dar a los más pobres. Esa fue la consigna y sigue así en todos los restaurantes y hospedajes que se llaman “L´eau vive”.

“Este concepto se ha repetido lo mismo que Argentina, Milán, Marsella, París o Lima. En cada casa hay una Virgen María que ilumina a los comensales quienes reciben antes de cenar pequeños folletos”, afirma la “hermana” Cleotilde.

La letra del “Ave María” puede ser leída o sumarse al coro de las monjas que de esta forma subliminal mantienen un proceso de permanente evangelización.

La monja Laurita, cuyo apellido guarda bajo siete llaves, dijo que antes de los alimentos “hace bien honrar al creador” y razón no le falta en estos tiempos de descuido espiritual y apremios terrenales.

Sor Laurita ayuda al trabajo sin protestar, se encarga de picar cebollas, verduras y frutas en una cuidada cocina que reluce diariamente.

En otros días, cuando no trabaja en el restaurant ayuda a niños pobres que trabajan en la periferia de Lima a quienes provee alimentos.

Para comer qué mejor que un Tournedos Exotiqué con papas Dauphines o un pato con champignones al vino blanco, un lomo a la pimienta verde, aliñado con naranja.

Un mouse de mango, frutilla, salsa de chocolate con chantilli o helado de lúcuma puede ser el cierre perfecto de una buena cena.

Aquí, en el “L´eau vive” no se deja propinas y todo ronda casi en el más absoluto silencio. Nadie habla, nadie pregunta, la respuesta sólo está en una especie de retiro espiritual mientras se come un suculento platillo o se canta el “Ave María”.

Todo lo demás, es terrenal.

El “alimento espiritual” es el platillo central del “L´eu vive”, un restaurant francés que está enclavado en el centro de Lima donde monjas carmelitas cantan el “Ave María” antes de servir la cena.

El manso ruido del agua que cae de un estanque de la casona colonial, ubicado frente al Palacio de Torre Tagle, sede de la cancillería peruana, es roto, ritualmente, todos días a las nueve de la noche.

A ese remanso de paz no solo se va a comer o a beber un buen vino, servido en pequeñas jarritas de vidrio, sino que se va a reencontrar consigo mismo, con la paz de la oración y la bendición religiosa.

Está dentro una antigua mansión donde huele a flores, y el sonido matinal o nocturno es el eterno discurrir del agua.

Las mujeres que allí trabajan visten muy sencillas, sin maquillajes, la mirada baja, voz suave y a las 21:00 horas locales (01:00 GMT) suena el coro, como un leve murmullo y luego se afinca en los corazones.

Los recursos que allí se recaudan por venta de alimentos es donado a los menos favorecidos, a gente pobre de Lima, aseguró a Notimex la monja Melba Caucha Granda, a quien se le arrancan unas cuantas palabras.

Esta mujer de ojos tristes, cabello recogido, un sencillo suéter azul, gafas a la gatúbela, originaria de la norteña región peruana de Piura habla poco, pero es muy atenta.

Asegura que por el restaurant han pasado monjas de Argentina, Brasil, México, Camerún, Nueva Caledonia, Asia, Madagascar, Inglaterra, España, Polonia, entre otras naciones que han asumido el reto de servir.

L’Eau Vive, es atendido y administrado por monjitas que tienen a escasos metros la catedral. Las bebidas “espirituosas” como el vino, o el pisco sour no están prohibidas.

Las mesas, cubiertas con manteles rosa pastel y pañuelos verdes están bellamente adornadas con flores tropicales.

El patio interior de la vieja casona tiene pequeñas plantas, mudas testigos del paso ágil pero silencioso de las monjitas que van de un lado a otro, corren y diligentemente atienden a los comensales.

Este restaurante, llamado por muchos el “remanso de paz” fue fundado en 1950 por la familia “Misionera del Padre Marcel Rousset en Besançon (Francia)” que ordenó que la instalación de muchos restaurantes.

A través de la venta de alimentos se captan recursos y estos van a dar a los más pobres. Esa fue la consigna y sigue así en todos los restaurantes y hospedajes que se llaman “L´eau vive”.

“Este concepto se ha repetido lo mismo que Argentina, Milán, Marsella, París o Lima. En cada casa hay una Virgen María que ilumina a los comensales quienes reciben antes de cenar pequeños folletos”, afirma la “hermana” Cleotilde.

La letra del “Ave María” puede ser leída o sumarse al coro de las monjas que de esta forma subliminal mantienen un proceso de permanente evangelización.

La monja Laurita, cuyo apellido guarda bajo siete llaves, dijo que antes de los alimentos “hace bien honrar al creador” y razón no le falta en estos tiempos de descuido espiritual y apremios terrenales.

Sor Laurita ayuda al trabajo sin protestar, se encarga de picar cebollas, verduras y frutas en una cuidada cocina que reluce diariamente.

En otros días, cuando no trabaja en el restaurant ayuda a niños pobres que trabajan en la periferia de Lima a quienes provee alimentos.

Para comer qué mejor que un Tournedos Exotiqué con papas Dauphines o un pato con champignones al vino blanco, un lomo a la pimienta verde, aliñado con naranja.

Un mouse de mango, frutilla, salsa de chocolate con chantilli o helado de lúcuma puede ser el cierre perfecto de una buena cena.

Aquí, en el “L´eau vive” no se deja propinas y todo ronda casi en el más absoluto silencio. Nadie habla, nadie pregunta, la respuesta sólo está en una especie de retiro espiritual mientras se come un suculento platillo o se canta el “Ave María”.

Todo lo demás, es terrenal.

Autor: José Luis Castillejos Ambrocio

joseluiscastillejos@gmail.com

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