Los danzantes de tijeras, los protagonistas de la fiesta del Ande

 

Danzante
Danzante

Lima.- Ni adoradores del diablo, ni enemigos de la Iglesia católica, los “danzaq” o danzantes de tijeras, en quechua, prefieren ser considerados protagonistas de las celebraciones en las comunidades campesinas de los Andes.

El rojo intenso, el blanco profundo como la cordillera andina, el amarillo brilloso y el negro son los colores preferidos de quienes con la danza rivalizan e intentan superar la tristeza y sacarle partido a cada hálito de vida.

Con un par de hojas de tijeras sueltas y haciéndolas sonar en cada salto y giro, los danzantes le rinden tributo a la Pachamama (madre tierra), los Apus y Wamanis (montañas sagradas), el Tayta Inti (Dios Sol) y la hatun qocha (mares y ríos).

Sereno pero cauteloso, Juan Tipa Yuc, un “danzaq” andino, originario de Ayacucho, revela a Notimex algunos secretos: “Nos iniciamos muy niños, recibimos instrucciones de un anciano y tras un año intenso de aprendizaje, recién salimos a la luz”.

“Después de haber obtenido el conocimiento para entender el lenguaje del viento que baja de la montaña, saber por qué nos llega la muerte, leer la hoja de coca y cómo rendirle culto a Dios, vamos a una cueva donde el anciano deja unas tijeras”, explicó.

No cualquiera es un danzante de tijeras, no todo iniciado en ese arte termina y sale a danzar; “Nuestros ancestros eran considerados una especie de sacerdotes y, por tanto, debían conocer a profundidad la cosmovisión andina”, reseña desde un local en el centro de Lima. danzante

Un danzante es considerado una especie de protector de su comunidad que recibe el apoyo de los Waminis (espíritus de las montañas); “algunos nos consideran chamanes (brujos), otros dicen que somos adoradores del diablo, pero nada de eso es cierto”, aclara.

La propia iglesia católica ha satanizado a estos sacerdotes andinos e incluso piden a la población que no se les acerquen “porque nos consideran un demonio.

Ellos, los curas, intentan apagar nuestras tradiciones”, anota este danzante que se gana la vida en bailes populares por los que cobra unos 50 dólares por cada presentación.

Esa versión, dijo, se originó cuando algunos danzantes subían a las torres de las iglesias a bailar, pero lo hacían para venerar a los “apus”, a los dioses andinos, a quienes ofrendan su vitalidad y su destreza en el baile, pero no para burlarse de los católicos.

La denominación Danzante de Tijeras se las dio hace cuatro décadas el escritor peruano José María Arguedas luego de que viera cómo estos realizaban magistrales giros y danzaban haciendo sonar las tijeras, acompañados por la música de un violín.

La denominación de “danzaq” de Ayacucho varía en Huancavelica donde son llamados “Galas”; en Apurímac “Sajras”; “Huanaquillos, en la
región de Cotahuasi y “Villanos” en la zona de la Unión en el departamento de Arequipa.

Ancestralmente los viejos andinos hacían sus danzas con piedras alargadas que al ser chocadas emitían un sonido fino, luego se hicieron acompañar del arpa y el violín.

Acrobáticos pasos con destreza y el tintineo de las tijeras son característicos de los bailes de los danzantes que se disputan con un rival la supremacía de la representación.

La región Chanka de los andes peruanos en los departamentos de Huancavelica, Ayacucho, partes de Apurímac y Arequipa los danzantes
bajan de los cerros para el baile pagano-religioso, de origen medieval.

Mediante la danza se realizan competencia entre diversas comunidades y pueblos cuando los comuneros hacen su adoración a la Virgen de la Natividad, Niño Lachocc, Niño Nativo y Niño Manuelito, explica Juan Tipa Yuc, que ha bailado en “Las brisas del Titicaca”.

Usa sobrero con plumajes, pechera, camiseta, casaca, faja, pantalón, mangas, medias, “zapatillas” (zapatos deportivos), pañuelos y guantes para cada una de sus danzas; unos diez kilos de peso en total.

La danza es clasificada en dos partes: la primera es el denominado “Atipanacuy”, baile mayor o competencia y la Qolla Alva, danza menor que se realiza por las noches.

Rómulo Huamaní Janampa o Qori Sisicha, (La Hormiguita de Oro), de la
comunidad de San Antonio, distrito de Chipao (Lucanas, Ayacucho),
explicó cómo se inició a los ocho años de edad luego de que un danzante no acudiera a un contrato hecho por su padre.

El padre de Rómulo era un ”Carguyoc”, responsable de la “Fiesta del agua” que se realiza en septiembre en San Antonio pero el danzante nunca llegó y generó el repudio del pueblo.

Desde entonces, hace tres décadas Rómulo Huamaní Jamampa, prometió
danzar para que su familia no pasara vergüenza y se fue a vivir a la casa de Qoei Jayto (pita o cordel de oro, en quechua) donde aprendió este difícil arte de bailar en puntas y dar giros en el aire.

“Tuve que vivir en la casa del maestro donde todas las tardes me hacía ensayar acompañado de un arpa y un violín”, recuerda.

Con esas enseñanzas aprendió todas los secretos de la danza y supo que una fiesta patronal andina está dividida en víspera, antealba, día alba, doce alba, ricuy-ricuy, que es la despedida, y el despacho.

Aprendió las 144 tonadas en la zona de Ayacucho y 300 pasos y con ello se lanzó a conquistar el mundo que lo han llevado a viajar a unas 90 ciudades del mundo.

“Hormiguita de oro”, como le gusta que le llamen conoce a fondo la ritualidad y los 105 elementos de las plantas medicinales y ya lleva 30 años bailando.

Autor: José Luis Castillejos Ambrocio

joseluiscastillejos@gmail.com

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