Crítica literaria a la poesía de José Luis Castillejos Ambrocio

José Luis Castillejos Ambrocio: Poesía con olor a raices chiapanecas
 
Por: José Luis Gómez*
 
La palabra hecha poesía de José Luis Castillejos Ambrocio emerge, brota desde las más profundas raices de su pasado, de su tierra: Chiapas, de sus recuerdos…de sus vivencias más inmediatas. El poeta es un buscador nato por excelencia. Nunca está a la espera, siempre busca, explora los más recónditos pasajes del sentimiento, de las evocaciones. Castillejos simplemente deja fluir rios de tinta a través de las sensaciones más intensas. De ahí su estilo: libre, incansable, autosuficiente de una cuadratura que los exégetas conservadores del arte poética han instaurado a grado tal que, como sostenía con acierto Octavio Paz “…hay poesías sin poema, y poemas sin poesía”.Este no es el caso de Castillejos. Durante su amplia trayectoria como escritor ha sabido no sólo defender, sino mantener y enriquecer su creación. su tésis más pura.
¿Cuál es su temática, su propuesta, su pretensión literaria?. Baste para ello navegar en sus incesantes olas que desembocan en su pensamiento poético:
“…Soy de Chiapas,
donde el alma tiene el sabor
de la flor de calabaza,
del maíz, a tamales,
a cempoaxuchitl, la flor de muerto…”
 
Chiapas, se dice, es tierra de poetas y periodistas. Castillejos no es la excepción. Sencillamente, para quien ha permanecido en el exilio profesional de una tierra que le vió nacer, reir y llorar su infancia y juventud, recordar es más que suficiente para traer a la memoria esos sabores, esos olores que de inmediato transportan a la tierra de sus antepasados:
“…El pan de muerto
es una rosca de la vida,
con manteca y azúcar.
En mi tierra, al sur de la nostalgia,
en el sureste mexicano,
los dulceros venden calaveritas de azúcar,
y pepitas de calabaza doradas… “
(“Chiapas”: José Luis Castillejos Ambrocio . Fragmentos)
Claro ejemplo de ello resulta la significatividad de la muerte, de las ofrendas a los seres queridos que, acaso quizás, dicen mucho de la cultura de un mexicano que tuvo la buena ventura de jugar en su niñez en sus riachuelos, trepar por sus árboles, correr tras las lagartijas, saborerar cuanta fruta esté al alcance, aspirar la exquisita fragancia de la madre naturaleza en esa Tapachula que cobija a sus hijos con su cálido manto.
“…Un día, quizás sin yo saberlo,
mi padre ocultó su cara en la almohada
y lloró desconsoladamente.
Otro día, mi madre cerró sus ojos
y mordiéndose los labios, también lloró… “
 
Aquí, el poeta se confiesa con la más pura sinceridad de la palabra escrita. Es ese momento tan crucial que marca a quien ha de quemar sus naves, dejándolo todo sin volver la vista atrás:
“…Un día, quizás sin yo saberlo,
me iba por la vida a recorrer el mundo
para nunca regresar a su lado.
Un día mi madre levantó la mirada
y vio un horizonte sin estrellas…”
 
La carga poética se siente en esas imágenes que erizan la piel de quien ha vivido la agridulce sensación de la emigración, de la huida, de la partida eterna en un viaje sin retorno:
“…Hoy veo sus rostros difuminados en el aire,
la voz cansada de mis viejos,
sus manos marchitas,
sus cabellos canos
y me pregunto porqué Dios mío?
Qué ha pasado? En qué momento me fuí?,
y no hallo respuestas, no existen…”
(“Un día”: José Luis Castillejos Ambrocio . Fragmentos)
Búsqueda eterna de lo sin respuesta, choques de encontrados estados de ánimo que liberan el alma de quien valora a sus viejos, pasado y presente que corren por las venas de la reflexión.
 
“…Si yo fuera pintor
haría de la vida
el cuadro más hermoso;
con trazos que recojan
voz y sentimiento…”
Trazos de vida plasmada en la pintura del texto poético. Castillejos encarna la vivencialidad propia de quien sabe interpretar las difíciles experiencias de la vida, en invaluables momentos de alegrías infinitas que nos conllevan a aceptar nuestro presente y a re encontrarnos con nosotros mismos.
“…Si yo fuera escultor
tallaría tu rostro
en piedra oscura
y moldearía el alma
ingenua de un niño…”
Sueños y anhelos vertidos en el papel, espíritu de artista, trovador y poeta. Castillejos realmente toca esas fibras del alma que se deleita con leer y re encontrarse con su yo, con su aquí  y su ahora:
“…Si yo fuera tu amor,
pondría miel de abeja en tus manos
colocaría una rosa en tus cabellos,
fumaría un cigarro y te echaría
volutas de humo para disiparte
cuando me enojes…”
El amor no podía faltar en su creación poética. Mezcla de inocencia e ironía. El poeta nos habla con la contemporaneidad de la palabra hecha arte. No existen pretensiones literarias que busquen el reconocimiento de la crítica literaria. Sencillamente escribe lo que el sentimiento dicta, en un contexto mundano quizá, pero intensamente honesto con lo que dice y con lo que hace:
“…Pero mundano como soy,
me conformo, Dios, con ser lo que soy.
un hombre con jardín de amores,
pasiones y dolores…”
(“Si yo fuera”: José Luis Castillejos Ambrocio . Fragmentos)
 
En suma, la calidad y la trascendencia del poeta se vislumbra como una promesa del quehacer literario. No en vano su existencialidad se ha plasmado a través de sus poemas, poemas que han sido su carta de presentación al ámbito de la poesía contemporánea. La presente antología editada en Santiago de Chile convoca a un selecto grupo de escritores latinoamericanos que comulgan a través del texto literario, constatando una vez más la hermandad que existe entre los hispano hablantes. Castillejos se encuentra incluido entre tales escritores lo cual, sin  vana intencionalidad, podemos afirmar que representa un digno reconocimiento para su natal Tapachula, Chiapas y del que no dudamos, será el inicio de una incesante trayectoria poética.
El poema a continuación es verdaderaremente exquisito:
Si te vas sin mí,
sin haber desamarrado el amor,
no te juzgaré.
Dejaré que partas
a la nada,
porque sé que te amaré
aunque destroces mis alas.
Entrega y abandono. Amor que lacera, penetra , que en un instante te eleva a lo más alto de los cielos, para luego, en un instante, sumergirte en lo más profundo de los infiernos:
Guardaré un poco de ese amor,
de las dichas, de los besos
y las lágrimas.
Llevo un poco de ti
prendido en la piel:
la mirada, y la sonrisa,
llevo tus calles,
tu adiós y tu ausencia.
¿Acaso, por ventura, nadie ha sentido el flagelo del bello y cruel cupido con sus infalibes saetas que nunca yerran el blanco?. No en vano desde Platón advertian a los humanos: “que nadie desafíe al amor, porque provocará la ira de los dioses”.
Agrega aún con su siguiente poema:
“…He cerrado mis ojos
para abrazarte imaginariamente,
rodearte la cintura a besos
y morder tu alma…”
 
Alarido acallado que borbotea en la evocación por la mujer amada. Nostalgia por lo que fue y dejó de ser :
“…Intento verte en todo
y en la nada
en las nubes,
en el reflejo del agua…”
 
Cuando uno conversa con el poeta, no se acierta entre el oirle sus lecturas, o pedirle que saque de su alma lo que su tinta aún no ha escrito. Y para quien ha tenido esa agradable experiencia, se lleva la sorpresa de que su caudal de rios y tintas tienen mucho que ofrecernos todavía:
“…Me agarro de tu mano,
y escondo el frío
bajo mi piel,
solo suspirando,
viéndote y no…”
 
La musicalidad, el ritmo y el tiempo en su poética es capaz de despertar en el lector, un acercamiento a su cosmovisión, a su manera de entender la vida:
“…Me sucede a diario
esos sueños
de montarme en las nubes,
y deslizarme en la cascada
y mordisquear las hojas,
y agarrarte de los hombros.
Pero lamentablemente,
despierto,
no estás allí,
es sólo un sueño…”(“Sueños”: José Luis Castillejos Ambrocio)
 
Una pausa entre sus lecturas es más que adecuado. Para reflexionarlo, para asimilarlo, para digerir el más noble sentimiento que el alma humana puede experimentar. Uno no puede menos que disfrutar de la poesía de Castillejos ya que realmente es un autor comprometido con su arte. No escribe por compromiso o por complacer a alguien en particular. No. Escribe porque es parte de su multifacética naturaleza. He ahí parte de su valía: no defrauda a sus lectores.
Un poco de muerte para morirse bien
La muerte, esa enigmática doncella que a todos nos cimbra por entero. Comprenderla y aceptarla es todo un logro.Pero poetizarla como lo han hecho los grandes poetas, es realmente un invaluable legado. Castillejos también nos escribe sobre la muerte. México, después de todo, desde sus antepasados aztecas y mayas, han danzado el ritual de la muerte. Pero no hablamos de esa muerte distorsionada que la modernidad conoce. No. Se trata de una concepcion más universal y humana a la vez. ¿Cuántos no hemos exclamado, en una importante transición de la vida ese:
Cuando muera
“…Cuando me vaya de esta tierra
y no escuches mi voz
ni sientas latir mi corazón
búscame en el mar,
en la sonrisa de un niño,
en el llanto de una madre,
en el lucero de la mañana,
en la cañada inundada
por el beso matinal
del canto de los pájaros…”
Así, el poeta testamenta su más firme decisión en ese no aferrarse a la vida, no por despreciarla, sino por comprenderla. Vaticina bellamente el final que a todos nos espera, pero en el que se desea que ese ciclo de vida-muerte-vida se perpetúe en la infinidad de los tiempos, su
“…búscame en el mar…”
lo dice todo. La magnitud de respeto que nos inspira el infinito mar, tan lleno de vida y energía promete a quien se deleita en su contemplación encontrar esa paz tan anhelada. Todos los mares son bellos. Pero las costas chiapanecas tienen ese encanto tan sublime que sólo las almas sensibles pueden valorar. Tal vez, acaso quizá, el poeta aspiró a la distancia las playas que le vieron correr de niño, posiblemente jugando a coger conchas o correr tras los cangrejos para, extasiado después, recostarse en la mullida arena a presenciar las inolvidables puestas de sol al atardecer ( “…tengo por cama, la tierra y por cobertor, el cielo…” )
 
“…Encuéntrame en el horizonte,
en la red del pescador,
en las tortillas de maíz,
en el tequila,
la cerveza,
la música de la marimba,
y los ayes del dolor…”
 
México abriga a sus hijos con su riqueza, con su cultura, con sus tradiciones. Morirse bajo sus cielos, empapado del sudor y de las costumbres que nuestros abuelos y padres y hermanos compartieron con nosotros es, en suma, la más bella forma de morirse. Y se anhela más y más, cuanto más distante estás de las tierras que te vieron nacer :
“…Amores míos, cuando me haya ido,
no me lloren,
encuéntrenme en la música
del mariachi,
en el suspiro del enamorado
y en la irreverente risa
del cura de mi pueblo…”
 
El poeta también se despide de quienes le amaron. Pero no se despide para irse..¡no!…se despide para quedarse en el corazón de sus seres queridos. Un buen mariachi, unos buenos tragos de tequila son el mejor marco para ver bajarse el telón de la vida.
“…Véanme, además, en el río,
en el arroyo, en el marañón,
en la cubierta del barco,
en el tronido de un catre
y en el vaivén de la hamaca.
Bébanme en el agua
fresca de un coco,
en la tierna dulzura del mango,
y el cítrico sabor de
la naranja…”
Perpetuarse en la naturaleza de todo cuanto nos rodea es el fín último de la existencialidad, y el principio de otra etapa. Porque nadie muere si se le recuerda por siempre…¿tal vez por ello el ilustre poeta chiapaneco Jaime Sabines ironizaba con su “…ah!, poetas mentirosos, ustedes no se mueren nunca”….”muérete, Sabines!” :
 
“…Cuando muera, no morirá en mí
el recuerdo, ni el cariño,
quedaré plantado a mitad del camino
en la subida del cerro,
en el huipil bordado de la indígena,
y en los besos de mi amada…”
 
Poetas, héroes, caballeros andantes en sus Rocinantes evocaban a su amada antes de salir a las duras batallas de la vida:
“…Cuando me haya ido,
no te vayas de mí,
sólo recuérdame
en todas las canciones,
las alegrías y la tristezas
y estaré contigo día y noche
besando tu alba y tu ocaso…”
 (“Cuando muera”: José Luis Castillejos Ambrocio. Fragmentos)
*Crítico de teatro y literatura/Portal Perucom.com
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