Fowó/ Crónica

Autor: José Luis Castillejos Ambrocio

 

La tarde era fría. Olía a lluvia y en las calles de Lima, una ciudad que se vuelve gris en el invierno austral, la gente apretaba el paso para refugiarse de la ventisca.
Una parvada de aves alzó su vuelo desde la copa de un frondoso árbol de la cuadra nueve de la avenida Sucre, en Pueblo Libre, uno de los distritos de la capital de Perú.

A un kilómetro el mar, turbulento y azul que baña con su frescor, día y noche, los municipios costeros de Magdalena del Mar, San Miguel, El Callao, Miraflores, Barranco y Chorrillos.

Lejos de las murallas, de la longevidad de las piedras y cerca a las fantasías palaciegas de los actuales peruanos, en una esquina, en la cuadra 9 de Mariscal Sucre, el chifa Fu Sen de la zona de Magdalena Vieja, en Pueblo Libre era un hervidero de gente, ese domingo de invierno.

Hasta allí con frío y el agotamiento del día llegamos con la “china” Chang que caminaba ligerito. Este día se desperezó más temprano que de costumbre; se ajustó un pantalón vaquero, se calzó las botas de gamuza café y se abrigó con una casaca terrosa, con cuello de flequillos. Su cabello alisado, fresco, recién lavado ondeaba al aire.

Una jarrita de Té Bulón vendría a calmar un poco el hambre y el frío. En la pantalla de la televisión la gente se arremolinaba para ver el partido Uruguay-Paraguay por la Copa América. Al cronista-sibarita le importaba un rábano el fútbol; quería matar la tarde con agua caliente de azahar. La china no. Ella deseaba té bulón y así fue.

Diez minutos duró la espera hasta que un mesero llegó, primero, con una pequeña estufa y un cilindro portátil de gas; luego una olla con caldo “Fowó” para que los comensales se prepararan su propia comida, como manda la tradición china de ese platillo.

La olla del “Fowó” lanzaba volutas de vapor y trepidaba al calor del fuego de la estufa colocada en el comedor del chifa donde el cocinero es el comensal. Él y nadie más va colocando las carnes, mariscos y pescados en el artefacto que está dividido en dos. En la parte izquierda van los productos marinos y en el de la derecha los de tierra.

El caldo aderezado con condimentos asiáticos, camarones, caracol, pak Choy o acelga china, jengibre, bolitas de pescado, carne de res y wan tang desperezaron a la “china” Chang quien al darle el primer sorbo a la sopa recordó su niñez y poco a poco se fue poniendo roja al ir comiendo la sopa “Fowó”, que según algunos entendidos significaría “Hazlo tú mismo”.

Se acordó, la “China” de esmirriada figura, de la vez primera cuando su abuelita Sofía le dio, allá en Tapachula, su tierra, a probar el caldo de caracol.

-Jala mi´ja, come la carnita, le decía la abuela, años atrás, a la “china” Chang para que extrajera de un sorbo el pedacito de caracol.

-Este sabor me hizo recordar mi niñez, le dice al cronista quien al aspirar el vapor con olor a algas marinas, jengibre, salsa de soya se olvidó del intenso fuego del que salió el caracol y casi se quema la lengua. ¡Carajo!, dijo para sus adentros sin expresar ardor ni buscar culpables.

El bufete del Fu Sen concluye con cuatro min pao, un bocadillo chino relleno con frijol colado, con harina tamizada con azúcar y levadura y otro platillo con melón en cuadritos.

En Perú acudir a los chifas es casi una tradición, el real reflejo de una fusión peruano-chino. Hoy este pujante país cuenta con 5,000 chifas que son el reflejo de un autentico mestizaje.

Después de la exquisita comida china una caminata por la Plaza de Pueblo Libre para visitar la casa que ocupara, durante parte de su estancia en Lima, José de San Martín y luego Simón Bolívar, la que actualmente es parte del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia.

Desde la calle se aprecia el interior de la Iglesia Santa María Magdalena, que le dio el nombre anteriormente al distrito, retablos churriguerescos auténticos y en la Avenida Bolívar está el Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera.

Hermosos ranchos republicanos del siglo XIX como el Speletta, y el Palacio Municipal que tiene un balcón de madera, imitación de los del Virreinato y en el centro de la Plaza Bolivar una pileta de 1742 que fue de un colegio de jesuitas, dan un atractivo a ese distrito.

Este domingo estaba cerrada la antigua Taberna Queirolo, ubicado en el Boulevard San Martín y sólo de lejos se puede ver la Casa-Hacienda Orbea que data del siglo XVIII.

Los peruanos tienen muchos motivos para no irse de su país. Son hijos afortunados de los Incas, herederos de una rica cultura.

Ahora el Perú los necesita.

La historia los necesita…

joseluiscastillejos@gmail.com

 
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