Morir de amor

Por José Luis Castillejos Ambrocio

El sudoku, pasatiempo que mata el hastío de Ismael, desde hace varios años, queda olvidado al filo de las tres de la tarde. A esa hora deja de rellenar la cuadrícula de 81 casillas (9 × 9 celdas) para hacer algo más importante: alimentar medio centenar de palomas de Castilla.

Con cantos de tonos bajos, estas palomas “aplauden” el gesto del hombre de bajita estatura, de mirada cansada, que los alimenta con pedazos de tortillas de maíz.

Desde el fondo de la casa su esposa, Carolina, le grita: “Ismael deja de alimentar esas palomas. No ves que luego traen pulgas”.

-Estoy agradeciendo a Dios por las cosas que me ha dado en esta vida. Que no son muchas, pero bueno. Espero que cuando muera esas palomas me guíen, responde mientras destroza entre sus manos suaves tortillas que pronto son picoteadas por las aves de color blanco, café y negras.

Hacia las tres de la tarde el sol no sólo quema… pica. Las aves llegan en mancha; se ponen bajo un almendro y caminan, dando saltitos cerca a una planta decorativa que le va bien el nombre de “Sueño del viento”, por sus hojas acorazonadas y rayas blancas estilizadas.

Han pasado algunos días, semanas y meses e Ismael ya no tiene muchas ganas de alimentar esas palomas. Está un poco enfermo y la razón principal es que sufre de mal de amor. Sigue enamorado de la mujer con la que se casó hace casi medio siglo, pero doña Carolina decidió levantar vuelo.

No le aguantó las pulgas a Don Ismael que siempre la celaba. Que si a dónde va; que si con quien sale, que si porqué se demora tanto o, por ejemplo, porqué se maquilla. Los celos enfermaron, primero, al septuagenario hombre y poco a poco mataron la pasión de Carolina por cuyo rostro aún se refleja la belleza del ayer.

Hoy, Ismael está como catedral a las cinco de la mañana: sólo, completamente sólo, y sumergido en un silencio profundo. En el silencio de sus sombras, de sus recuerdos confusos, chasquidos del viento, puertas que las abre el vendaval y él esperando, siempre esperando la imagen de su esposa.

A veces se le ve sentado frente a su puerta. Mirando de norte a sur y, viceversa, para ver si por la vieja y polvorienta calle le llega la oración del amor y se conduele, la que una vez fue su motivo e inspiración, y retorna nuevamente su esposa a su lecho.

Abriga, todos los días, la feliz esperanza de que todo vuelva a ser como antes y que ella retorne a plantar sus rosas, a cocinar sus platillos preferidos. Creo que él más que extrañar a su pareja, extraña su comida. Pero así como muere del abandono del amor, así como va desmoronándose todos los días a veces le dan ganas de morirse y lo desea para volver a ser el polvo del cual fue creado.

Ya sin el cariñoso abrazo de la persona amada; sin las risas animadas de sus hijos, de sus nietos, sin sus palomas que se han ido a otros rumbos, Ismael se aferra sólo a la voluntad de Dios. A veces lee la Biblia; en ocasiones reniega porque no encuentra el fin a sus interminables problemas existenciales.

Todo comenzó un día de celos. Cuando él se atrevió a dudar de su bella esposa. Ese fue el principio y el fin, el alfa y omega, el apocalipsis.

Quienes lo ven, quienes lo escuchan dicen que Ismael vaga ahora confuso, su voz es delgada y triste, llama a lo lejos, siente el olor a campo apagado, a humedad, a tristeza y cuando entra la noche, le entra el olvido de los abrazos y llora, como si estuviera muriendo.

No duerme. Vaga en el limbo, sus ideas, van, vienen, se van y vive en el rincón de la oscuridad, encorvado por la vida, golpeado por el desamor de quien un día lo quiso, lo idolatró y hoy busca despertar de ese morir cotidiano.

De lo poco de vida que le resta sólo desea que asome a sus labios otra sonrisa y que se arranque el hierro de la herida, pero su visión tenaz le quita el sueño, lo desvela, lo enferma, le acelera el corazón y lo ha mandado más de una vez al hospital.

El psicólogo, el psiquiatra y el cardiólogo han concluido que está enfermo de amor y por más que le den tratamiento y asistencia no mejorará como tampoco levantará el ánimo si no deja de apartar la mirada del balcón, esperando que por su vista penetre la sedosa figura de Carolina, la que le perturba la garganta, le abre la ilusión y le permite seguir viviendo.

Todo es en vano. La luz ya se apagó en el corazón de Carolina; es sombra vana, amor huido, flor marchita, recuerdos, corazón anudado, lecho sin celeste armonía, nube sombría.

Es el mal de amor, la lágrima ardiente lo que está matando a Ismael.

Para eso no hay cura y deberá seguir navegando por los mares del silencio, del cruel martirio, de la ausencia de reina.

Dudo que esa inmensa tristeza que llora pueda devolverle la calma.

Está muriendo de amor como jazmín y nardo sin aliento, como vaga sombra de misteriosa alcoba.

joseluiscastillejos@gmail.com

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