Chiapas, un vistazo del alma

Por José Luis Castillejos Ambrocio

joseluiscastillejos@gmail.com

Un vistazo a los recuerdos me lleva a recorrer Chiapas en la música de la marimba y a sosegar mis ímpetus en el Cañón del Sumidero donde discurre apacible el río Grijalva, lugar en el que, en 1525, un grupo de indígenas se negó a pagar tributo a los conquistadores españoles y prefirió arrojarse desde un acantilado antes que ser sometidos.

Pero cómo no echarle un recorrido imaginario a la pasión que despierta la visión aérea de la carretera rumbo a San Cristóbal de las Casas y el valle, mirada abajo, que se extiende con los brazos abiertos donde la luz devora los sembríos.

Chiapas donde la religión y el milagro van de la mano junto a la tristeza y el reclamo de los indígenas tiene en su intrincada serranía sorpresas escondidas. Los pinos se mecen juguetonamente y el cafetal despide su aroma en diciembre.

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Nunca he conocido tanta belleza junta guardada en sus lagos, ríos y agreste geografía de la sierra, en la calidez tropical de la costa y en la saturado cariño en la zona zapatista, donde el subcomandante
Marcos no ha depuesto las armas de lucha indígena y, por el contrario, persiste en su reclamo a través de la poesía y el discurso.

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Los que viven en Chiapas lo saben: tienen en el murmullo del tiempo una tierra prodigiosa donde el secreto es vivir el sueño de los Mayas, la esperanza de sus bellas mujeres, el folklor, el “día de muerto”, la fiesta de la “Candelaria”, San Juan Chamula, el olor del cañaveral, la miel y la panela.

Y si sabores se busca hay que probar un pozol de maíz con chocolate, una horchata de arroz bien helada, el refresco de sandía y de naranja sudando de frío o probar una tasa de humeante café del Soconusco, un coco fresco, las mandarinas, las naranjas, la toronja y los jugosos mangos Ataulfo, una especie de néctar de los dioses.

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Por eso si vas a Chiapas sólo lleva una mochila vacía para que regreses con ella cargada de amores, de afectos y recuerdos. Y si decides quedarte puedes hacerlo anclado en la costa, frente al océano y sus 36 grados de calor donde la brisa, con olor a mangle, guayabas y marañones, te llenará el espíritu.

Y si te casas con alguien de Chiapas júralo que tu suerte estará echada porque sentirás, por todos lados, familiaridad, amistad lozana y tierna, besos apasionados, fortuna y volcanes de flores que llenará tu pasado, alimentará tu presente y dejará que tú mismo decidas tu futuro.

Un vistazo al alma es poco para decir que Chiapas es un oasis tendido bajo la inmensidad de ese océano suspendido que es el cielo donde se siente la caricia con viento caliente que baja de la montaña y se extiende por los valles, las plantaciones de mango, de papaya, de caña, de maíz y por los enormes potreros donde pace el ganado.

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Esos recuerdos siempre los llevo en la mochila de mi alma para no olvidarme de la tierra donde nací y para que, si decido emprender una nueva aventura, sepa que mis raíces están allí, mis brazos extendidos en otra parte y mis hojas y mis ojos muy al sur de la nostalgia.

cocodrilo.jpg Llevo por partida doble a Chiapas en mis recuerdos: La primera porque fue en esa tierra donde mi padre sembró junto con mi madre el sentimiento y, la segunda, porque fue allí de donde salí a vagar por
el mundo para llevar un mensaje a través del olor a tierra, lluvia encendida, nubes cargadas, ríos desbordados y cometas desafiando el aire.

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En la voz de sus indígenas escucho un murmullo que no logro descifrar. Parecieran decir que Chiapas es apenas una partícula en el cosmos que danza en los tiempos o que es la tierra donde los Mayas desentrañaron la geometría espacial y dibujaron en el espacio el ciclo de la vida, las visiones, su principio y su fin.

En el canto callado de sus indígenas, en sus telares y sus ropas, en el suspiro de sus mujeres, en el sabor del tamal, del taco, del pescado asado, la piña, la papaya siempre encuentro a Chiapas, la tierra de la leyenda.

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En Cintalapa, un pueblito que queda en la immesidad del valle, bajando hacia la costa ó subiendo, según se vaya o se venga, se escucha en el viento cantos oprimidos y extenuados, ráfagas de fuego, explosión volcánica de una región del sureste mexicano que está allí suspendido en el tiempo, esperando a ser querida y redescubierta.

Chiapas siempre te escucho en el sonido de tus marimbas, en el grito bravío del mariachi, en el olor a algas matinales, en el zigzaguantes sonido de las culebras, en el croar de sus ranas y en el triste canto del búho.

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Me gusta cuando repican las campanas ya sea para una boda, ya sea para despedir a un muerto. Entre la felicidad y la tristeza sólo hay un paso, pero en Chiapas, cualquiera de las dos cosas se aligera rapidito.

Creo que Dios dejó en Chiapas la maleta que le dio su madre para hacer en algún lugar del planeta un paraíso, donde su gente viva del presente y jamás olvide sus recuerdos. Por eso los chiapanecos son
irredentos, jubilosos, festivos, poetas, y hasta marginales. Lo han querido así u otros lo han decidido así.

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Chiapas siempre palpita en el corazón del niño, en el sueño, en el sosegado apetito del mañana. Es que Chiapas es una traza de caricias donde el edén está allí cuajado, inserto en la geografía y en el
recuerdo.
Para conocerlo hay que echarle un vistazo al alma.

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