¿Porqué amo a Chiapas?

 Autor: José Luis Castillejos Ambrocio

 Foto de niña indígena: Diego Huerta

Hay muchas cosas de Chiapas que  te atrapan en un instante y para siempre: el beso de sus montañas, los abrazos de los amigos, el cafecito por la tarde, las cenas a medianoche , el fuerte calor, el murmullo del viento, el sabor de los tamales, los amores, los desamores, las querencias, su gente.

A Chiapas lo recorro de mil maneras: en los goterones de sus intensas lluvias, en cada flor de los mangos, en el vespertino oleaje, cuando huele a tortillas salidas del comal, en los momentos en que llora o ríe un niño; en el instante en que observo el lento caminar de un anciano, abrazado a su pasado, deleitándose con los recuerdos.

Otras veces veo a Chiapas en sus pinturas, en su fotografía cotidiana, cuando el volcán del Tacaná, en el Municipio de Unión Juárez, vigila lo que pasa en la costa. Me detengo a observar las plantaciones de papaya, los ajonjolinares, la suave forma como pasta el ganado en sus campos peinados por el viento.

Chiapas está siempre presente en la leyenda de El Sombrerón y La Llorona que los adultos gustan de contar en los velorios de los pueblos. Está además presente en las bodas,  en los funerales de sus hijos, en el llanto callado de alguna mujer, en la constante pasión de quienes habitan ese estado que es tres veces mexicano: por la tierra, por la sangre y por su propia y soberana voluntad.

Pero Chiapas es más que mito y leyenda. Es pasión constante. En las calles de sus ciudades transita el tiempo y reclama la crónica cotidiana para darle una mirada fresca a sus vendedores de periódicos, a los jóvenes que lustran los zapatos, a las mujeres que cruzan, hermosas, por sus plazas, parques y jardines, fiel reflejo de sus flores. 

Chiapas es pan exquisito, es marimba, es luna, es canto cotidiano es alegría constante en sus cohetones que revientan en cada festividad religiosa.

Es cultura Maya, son cerros preñados de cafetales, caspiroles, son besos  de húmedos pinos, acantilados y resbalosas pendientes  con plantas de caspirol, chalum, orquídeas, espadachines, blanca y olorosa flor de izote y cascadas.

En Chiapas las orquídeas danzan su propia danza con la música del viento y destellos de cohete. Es tierra prodigiosa y es amor incondicional.

  Chiapas está plasmada en sus telares, en la leyenda de sus indígenas que han trazado la vida de una forma distinta a la vida occidental. Chiapas siempre es eco perdido en el horizonte, es marimba festiva, es rica botana de sus bares, y tradición latente que se respira en sus mercados llenos de flores de calabaza, mangos ataulfo, grosellas, mandarinas, naranjas, cocos, plátanos, yerbamora, chayotes, pacayas, ejotes, elotes, tamalitos, camarones, pescados.

Siempre la recuerdo de una y mil maneras. Cuando resuenan sus ríos que cantan la danza de las lluvias en cada año, cuando los cañaverales murmuran el paso del viento o en las ocasiones en que los papayales florean y luego sus frutos verdes se tornan amarillos, de pulpa carnosa, aromática y rica.

Chiapas es niebla en sus montañas, son cafetales, plantaciones de rambután, de maracuyá y es constante beso de sus mujeres que a veces se resisten a  ser amadas pero luego tras decirle al oído cosas hermosas caen siempre rendidas al encanto de las palabras.

Es que Chiapas es poesía constante, andante, errante. Es abrazo diario, beso de padre, llanto de madre, es un niño jugando a atrapar las nubes y a esquilar los borregos.

Chiapas es mito, es querencia, es montañas, canto de aves, ladridos de perros, volcanes, represas, petróleo, ambar. Amo a Chiapas porque es la tierra donde nací, donde están mis vivos y mis muertos,  mis querencias y algunos de mis amores familiares.

Chiapas es todo. Es México.  Es mágico. Es Chiapas!

joseluiscastillejos@gmail.com

(Anotación del fotógrafo).- En mi viaje por el sur de México, en un pueblo en medio de las montañas de Chiapas encontré los ojos más brillantes que he visto nunca. La belleza de esta chica fue similar a las vistas panorámicas que se pueden apreciar cada vez que me di la vuelta. Ella pertenece a la etnia zoqu, que significa que la gente de las palabras. La particularidad de esta chica, además de su belleza es que ella no puede hablar o escuchar, la forma de comunicarse con ella fue por medio de signos. No es ningún misterio que la belleza de la mujer mexicana es la forma verdadera, sobre todo, los concursos de belleza.

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