Una .45 que le cambió la vida a Martín

Autor: José Luis Castillejos Ambrocio

El juez entró raudamente a la sala para iniciar el juicio en contra de Martín Arellano, un ex soldado, quien en un arranque de celos desenfundó su 45 y de seis tiros ultimó a su rival de amores, Juan Martínez, un ganadero de la costa que intentó arrebatarle el amor de Marita. No pudo quedarse con esa belleza. Murió en el intento.

El jefe del tribunal vio de reojo a la concurrencia, jaló la silla, colocó al centro del escritorio el mazo para descargar el golpe de su veredicto.  Martín ya no era aquel opulento militar que libró muchas batallas y recorrió muchos atardeceres con el fusil y la nostalgia a cuestas.

Martín era un guiñapo humano, ojeroso, escurridizo y temeroso. No temía el juicio Divino, sino la implacable sentencia del juez quien tenía fama de ser duro, implacable y hacía morder el polvo a los encausados en un proceso judicial.

El juez pasó revista de lo ocurrido. Le preguntó a Martín en qué circunstancias ocurrieron los hechos, cómo, cuando y porqué.

Sus preguntas eran ráfagas contra Martín quien se sintió, por primera vez, la sensación de estar frente a un paredón de fusilamientos, similares a los que él encabezó cuando ajustició a gavilleros, asaltantes y violadores.

Ese día Martín se levantó más temprano que de costumbre para afrontar las consecuencias de su arrebato.

Sabía que había hecho mal al matar a un cristiano, pero en el fondo no se arrepentía. Sabía, sí que lo sabía, que le esperaba una condena, pero tenía como consuelo que Marita, su amada, esa chica de 24 años llegaría todos los martes y domingos a verlo al penal donde sería recluido. El confiaba en que así sería.

El juez miraba a todos sin fijar los ojos en ningún punto. ¡Póngase de pie acusado!, ordenó.

Un murmullo creciente en la sala obligó a advertir al letrado que cualquier cambio repentino de actitud de los asistentes ocasionaría el desalojo de la sala y la suspensión de la sentencia.

Martín vestía un pantalón negro, una camisa gris, a tono con su nostalgia y su sufrimiento interno. Percibía que se le vendría un vendaval de dudas, acusaciones y un futuro irresuelto.

Su vida se había ido por la borda y todo por la 45 que decidió accionar en el momento menos esperado y en el lugar poco apropiado.

Marita, a pocos metros, consolaba con la mirada a su hombre, que siempre le advirtió que “primero muerta que en manos de otro”. La promesa había sido cumplida y la osadía de Juan le costó a este pagarla con su vida.

Todos, familiares de Martín, los deudos de Juan y los hermanos de Marita estaban ante el joven juez que en pocos momentos daría un veredicto implacable.

Martín, que tenía las manos en los bolsillos, se llevó la derecha a la cabeza, alzó la mirada al techo, carraspeó, tosió y, luego, empezó a frotar sus manos en una especie de danza con la suerte. Sabía que de esta no se libraba.

-Los agravantes son muchos. Usted ha cometido un delito y la sociedad reprime este tipo de situaciones, dijo el juez al empezar el juicio. Pesadas lágrimas empezaron a correr por el rostro de Marita.

Martín, su amado, iría derechito a la cárcel y el otro, Juan, ya era parte del recuerdo.

Por hallarlo culpable de asesinato, Usted Martín Reyes pasará 10 años de cárcel, dijo el juez tras acentuar su sentencia con el golpe del mazo.

Martín respiró aliviado, esperaba más de 20 años de cárcel e, incluso, hizo cuentas de que saldría como de 50 años del penal.

Nuevamente elevó la mirada, esta vez al techo y dio gracias a Dios. Este juez no es tan jodido!, pensó para sus adentros, mientras el murmullo crecía en la sala y Martín poco a poco se encerraba en sí mismo.

Sería una interminable década de encierro, con una visita por semana de su amada, si es que esta decidía esperarlo diez años hasta que ganara nuevamente las calles tras pagar su deuda con la sociedad.

Enmarrocado, Martín miró de reojo a Marita, le guiñó un ojo como diciéndole: “No te preocupes, pronto saldré de esta”.

Lo que él no iba a saber, en ese instante, es que el destino le iba a jugar una nueva pasada, ya que Marita se casaría un año después con un profesor que llegó al pueblo de casas con tejados rojos y amplios corredores, donde ya Martín estaba olvidado.

joseluiscastillejos@gmail.com

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