COSTA DE CHIAPAS/CRÓNICA

Autor: José Luis Castillejos Ambrocio

La Costa de Chiapas estaba hoy silente;  media triste. El alma de la montaña que acompaña las praderas,  las miles de hectáreas de potreros, los naranjales y los mangos parecían estar de duelo en un día de lluvia donde los pueblos, las parcelas y las personas estaban ausentes, en tanto las aves decidieron resguardarse de la llovizna que cayó de Arriaga a Tapachula.

La costa que se desplaza como una especie de costilla frente al litoral del pacífico mexicano tenía un cielo gris, leves lloviznas, algunas aves surcando el cielo, pero la zona estaba inmensamente solitaria. Cómo esperando un canto de alegría.

Debí recorrer unos 200 kilómetros para entender que la costa es, a pesar de todo, una zona mágica. Llevaba la mirada puesta en el horizonte y veía por la ventana izquierda del autobús el interminable verde de los cerros, los pastos ondeados por el viento, grandes árboles, follaje latente, vibrante.

Decidí fingir que me voy pero me quedaré en la eterna sonrisa y en la tarde de llovizna fresca, con olor a maíz, a café tostado, a fruta costeña, a mar, a cielo y montaña.

Me duele la ausencia de quienes quiero, los besos de ese invisible universo de los caudalosos ríos, por donde lloran los cerros y se desgañitan las piedras hasta embriagar al mar en espuma y preñar la aurora de hondos suspiros y el rezo de la lluvia entre las hojas que germina la semilla.

A esta tierra la veo y la siento en el abrazo de mi madre, en el cariño de mis hermanos, en las bromas permanentes de mis sobrinos, en la mejilla de mis hijos y en los cuentos de mis amigos que en sus voces pregonan la leyenda.

Hoy, a pesar de la tristeza con que amaneció Chiapas tuve la oportunidad de ver una planta de papaya que se resiste al embate del tiempo y ha sacado fortaleza de no sé dónde para no morirse antes de tiempo. Por más que el peso de sus frutos y el viento ha intentado doblegarla se mantiene en pie, muy preñada y tuve que amarrarla con un pequeño lazo hacia el tejado para ayudarla a que no sucumba en su intento.

Hoy comprendí además que necesito mucho tiempo para volver a beber la poesía de mi pueblo, para reencontrarme conmigo mismo como la espuma a la arena y la música a la marimba y cuajar el sentimiento en lágrimas y dejar escapar los suspiros reprimidos.

He besado la voz del viento y he saciado mi mirada con el verdor de los campos sembrados de maíz, y he sentido, además, el peso del tiempo, y la cruz de los caminos donde sigue gritando el tiempo en la parafina de sus iglesias, en las velas de sus santos.

Me dolió este día la muerte de la tarde pero aprendí que la vida es más que circunstancia, que la poesía es más que verso hilado, es montaña recién bañada, es lluvia, es mar, es amor, es mujer amada, niño en brazos, es piedra negra en el río, es una águila en el cielo, una víbora en el suelo, árbol de mango, mata de maíz, es patria, es país.

Espero soñar a Chiapas en las noches de invierno, o en las calurosas madrugadas de verano, en las rosas cada primavera y cuando caigan las hojas en el otoño. Me meteré debajo de las sábanas y sentiré el frío y percibiré su calor a la distancia, me morderá la espalda el cansancio y escucharé imaginariamente la lluvia. Y cuando sea verano abriré de par en par las ventanas y dejaré que entre la luz, que el viento se cuele y me traiga el aroma a mar y si es primavera veré desde el balcón las rosas y aspiraré con fuerza el jazmín de los cabellos del amor.

En esta gira me “re-encontré” con Jaime Sabines, con Enoch Cancino Casahonda y con Rosario Castellanos, los poetas chiapanecos, ya fallecidos, con quienes comparto un espacio en el Museo de Sitio Los Colores de Chiapas, dentro del parque ecológico Amikuú.

Ellos me hicieron suspirarle al viento, derramar algunas lágrimas y me recordaron que soy una especie del cordero de la leyenda viviente que, a pesar de todo, vago en la soledad de las veredas y me dejaron dos botellas de posh, el aguardiente indígena, para que teja una poesía nueva, un horizonte azul, preñado de luz y de marimbas para que cuando bese la tierra para siempre sea  un alma de cruz y de montaña.

joseluiscastillejos@gmail.com

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s