Feminicidio. Hasta cuando, Dios. Hasta cuando!

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Cuando leo que Rossy, Lucía, Rosalinda, María, Jimena, Carla, Guadalupe, Xiomara, Maricarmen y otras, cuyos nombres no recuerdo, han muerto me duelen las palabras. Me quedo como ave afónica, aguijoneándome el dolor del silencio. ¿Cómo quedan esas calles recorridas por sus pasos? ¿Cómo quedan sus  familiares, sus tristes casas, el viento sin su aroma? Todos quedamos huérfanos.

Todo queda vacío, el alma, la sonrisa, el niño, los niños, el beso, la abuela, el abuelo, los padres de la fallecida, el abrazo, el cariño maternal, el adiós.

Pienso y evoco el Ave María y me viene la oración de un poema que agolpa mis sentidos y mutila mis desvelos. No sé qué pasa por la mente de los feminicidas que cada año ultrajan y asesinan 66 mil mujeres; 181 por día y caigo en la cuenta de que se está muriendo la sociedad. Están matando lo más sagrado: sus mujeres, fuente de vida, de equilibrio, de ternura.

Mis arterias callan, de mi garganta no sale un solo grito, me desespero por la ausencia de las mujeres que nos dan vida, sabiduría, entereza, y amor sublime. Me abruma la impotencia y el dolor… Y llega el llanto.

La luz se evapora de mis sentidos cada vez que una mujer muere y viene a mi mente decenas de preguntas y veo imaginariamente las manos suplicantes de las fallecidas, implorando por un minuto más de vida y veo el rostro difuminado de la bestia golpeando, ultrajando, imponiendo su ley, su selva.

A veces ya no encuentro ecos en la palabra. Es tremendo todo esto que pasa. Yo me canso a veces de escribir tanto sobre el abuso, el avasallamiento, el maltrato, la corrupción, la pobreza, la infancia dañada y faltan las palabras. Como si a una araña le faltaran los hilos de plata para tejer su red. Caigo en la cuenta que la vida es un grafitti, apenas un breve verso, un corto lienzo donde descansan lo que somos.  Y me quedo desnudo en la existencia, sin el ropaje de la alegría cuando una mujer muere. Se muere algo en mí. Me duele; me duelen y el aire me falta para respirar este invierno y me pongo a pensar el infierno de cada víctima y la crueldad del  animal que la destrozó.

No hay justificación ante tanta muerte y así como el mar devora las olas y el viento agita mi ropa quisiera una música de aliento. Un Ave María para quien se va sin el abrazo de despedida, sin el beso ardiente, sin el amanecer constante.

Es que sus ausencias nos dejan un sabor metálico, una niebla en el camino y queda el paraíso mordido por el llanto de quienes nunca supieron por qué murieron.

No más feminicidios. Por favor, no más.

Hasta cuando Dios…Hasta cuando

Autor: José Luis Castillejos Ambrocio

http://www.joseluiscastillejos.com

@jlcastillejos

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